Personas que transforman. Angie Soriano

Aunque la dignidad exista como concepto, no siempre está reconocida o es respetada. Cada vez que se producen vulneraciones a nuestros derechos, nuestra dignidad es lastimada

Columnista Sara Lee Wolfe
Sara Lee Wolfe / Columnista de El Heraldo de México

Cuando hablamos de dignidad, ¿de qué estamos hablando? ¿Cuánto pesa? ¿A qué sabe? ¿Cómo huele? ¿Acaso se puede tocar? Aunque estas preguntas puedan evocar sentimientos diferentes en cada uno de nosotros, y salvando las discrepancias adquiridas debido a experiencias individuales, desde 1948, la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclama a la dignidad humana como el fundamento que la sostiene, el pegamento que aglutina condiciones y compañerismo para igualarnos a todos ante leyes que no siempre están escritas. Y es que antes de ser ciudadanos, que no todos lo somos, somos personas, y la dignidad es algo con lo que nacemos, al menos en teoría, independientemente de fronteras, derechos políticos o convenciones sociales construidas a veces con cabeza y sin corazón.

Pero, aunque la dignidad exista como concepto, no siempre está reconocida o es respetada. Cada vez que se producen vulneraciones a nuestros derechos, nuestra dignidad es lastimada. Estas transgresiones son difíciles de eliminar porque no es fácil ponerles una etiqueta y atacarlas de manera aislada. Problemáticas como la violencia en general y la de género en particular, la discriminación, la exclusión social o el bullying, son algunas de las situaciones que dañan nuestra dignidad como personas y, aunque a veces parezca que vienen solas, nunca es así. Forman siempre parte de problemas sistémicos más complejos, como la desigualdad o la pobreza, y requieren mucha reflexión, organización e inversión para atacarlas de raíz, de una vez por todas.

Sólamente en México, en 2017, la encuesta nacional sobre discriminación (INEGI), destapaba datos como el de las personas que han experimentado situaciones claras de discriminación: un 17% de las personas mayores, casi el 25% de mujeres, prácticamente el 30% de personas con discapacidad y de personas de diferentes religiones, y el 35% de la población indígena. Además, cerca del 50% de los tres primeros grupos opina que sus derechos se respetan poco o nada. Si ponemos el foco en la mujer, organismos como el Foro Económico Mundial nos cuentan cómo al ritmo actual tardaremos 107 años en llegar a la igualdad de género y 202 para equiparar el empoderamiento económico de la mujer al del hombre. Y, de nuevo el INEGI, nos aloja datos como las 9 mujeres que son asesinadas al día, o como una de cada tres ha experimentado algún tipo de violencia sexual en espacios públicos sólamente en este país.

Lo importante de estas estadísticas no es lo grave de sus cifras, sino los nombres y los apellidos que están detrás de cada número. Porque las ganas de derechos, al igual que el miedo a perderlos, es algo que, como la dignidad humana, compartimos todos, aunque no siempre sea fácil darse cuenta. Para Angie Soriano, todo empezó en un campamento en Uruguay, con apenas 14 años, donde rodeada de personas diferentes de lugares distintos, entendió que todos deseamos en presente un futuro en calma. Desde entonces, y desde distintos ámbitos, esta Global Shaper no ha parado de trabajar por que la dignidad humana se pueda reconocer con los sentidos.

En estos momentos Angie, quien transforma la sociedad mexicana desde Nuevo León, forma parte del equipo fundador del Centro de Reconocimiento de la Dignidad Humana del Tecnológico de Monterrey, donde se resuelven situaciones de vulneración de derechos entre los integrantes de la comunidad universitaria, al mismo tiempo que se desarrollan las estrategias para avanzar hacia la inclusión, con especial énfasis en la igualdad de género. Más allá de su trabajo en el Tec, esta mujer, como buen motor de transformación, no se ha parado en los amplios límites que esta institución le ofrece. También es voluntaria desde hace seis años de la CasaNicolás del Migrante, donde contribuye a generar espacios de convivencia con personas en tránsito. Espacios que rompen barreras imaginarias paso a paso, plato a plato, cena tras cena. Espacios de acogida y compañerismo replicables en cualquier esquina de este territorio. Y como esto no era suficiente, también es parte de la iniciativa Mujeres Invirtiendo en su Vida, gracias a la cual Angie contribuye a atender las dificultades específicas que vivimos las mujeres mucho más allá del ámbito profesional, donde cada vez es más visible la desigualdad salarial que sufrimos.

Angie Soriano hace muchas cosas muy bien, y es fuente de inspiración para miles de jóvenes en México. Pero lo más bonito de ella, y de las personas que transforman, es que no saben no hacerlo. Se mueven por necesidad, con prisa por solucionar los problemas de los que se hacen conscientes, porque cuando empiezan a darse cuenta de cómo funcionan las cosas, siempre se quedan con hambre. Y cuando tienes hambre, y sabes a lo que sabe transformar, es muy fácil querer repetir. Así que para que se les abra el apetito, busquen a las Angies que seguro tienen a su alrededor y empiecen a cambiar aquello que les revuelve el estómago.

Sara Lee Wolfe

Líder Global de Comunidades en Ashoka, Global Shaper y Active Citizen

@saaraaleee

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