Perpetuar la pobreza

La lógica es perversa: paliar la pobreza a cambio de votos. La clave para combatir la pobreza es crecimiento económico

Guillermo Lerdo de Tejeda Servitje / Diputado del Congreso de la Ciudad de México / Opinión Editorial
Guillermo Lerdo de Tejeda Servitje / Diputado del Congreso de la Ciudad de México / Opinión Editorial

La pobreza es la forma de exclusión y discriminación más generalizada en nuestro país. De acuerdo con el Coneval, 48.8% de la población tiene un ingreso inferior a la línea de pobreza. Estamos hablando de más de 60 millones de mexicanos en esta lamentable situación.

La pobreza significa padecer dolor y enfermedad sin tener los medios suficientes para remediarlo. La pobreza limita el acceso a educación, y con ello a mejores oportunidades. La pobreza impide el ejercicio de derechos: desde alimentarse adecuadamente hasta disfrutar de actividades recreativas.

Además de aquellos satisfactores básicos, quien está en situación de pobreza enfrenta más trabas para lograr justicia en un sistema que favorece a quien tiene recursos. Asimismo, cuentan con menos herramientas para participar y hacer valer sus derechos políticos.

Por ello, combatir la pobreza es no sólo una obligación política, sino un imperativo ético para el Estado.

Para atender este reto, el gobierno de López Obrador ha privilegiado la entrega de dinero. Las llamadas transferencias directas no son algo nuevo, y son una herramienta útil de política social, pero no como las está usando esta administración.

En primer lugar, éstas deben destinarse a los sectores más necesitados. Por ejemplo, tiene sentido el apoyo a adultos mayores, quienes por su edad ya no pueden trabajar, o a comunidades marginadas donde ni siquiera llegan servicios básicos. Con la población joven es diferente; ellos, para que de verdad transformen su realidad, lo que necesitan es educación y empleo, no dádivas.

En segundo lugar, las transferencias más exitosas son las condicionadas, por ejemplo, cuando a una familia se le entrega un apoyo a cambio de que se comprometa a que sus hijos asistan a la escuela, lo que ayuda a romper los ciclos estructurales de atraso. En cambio, este gobierno simplemente da dinero sin que exista algún tipo de corresponsabilidad, lo que puede derivar en abusos y mal uso del recurso.

En tercer lugar, muchas transferencias no cuentan con reglas de operación. En el actual gobierno, el monto que se entrega, la periodicidad, los grupos a quienes atiende no son producto de un diseño social, sino de un cálculo político: dar dinero a nombre del Presidente, que no alcanzará para salir de la pobreza, pero sí creará dependencia y en ese sentido, lealtad electoral. La lógica es perversa: paliar pobreza por votos.

La clave para combatir la pobreza no es un secreto: es el crecimiento económico. Para que alguien tenga un ingreso seguro lo que necesita es un empleo, y eso se logra si la economía crece.

Para que el gobierno pueda construir escuelas y hospitales, poner drenaje y agua potable, contratar médicos y comprar medicinas, requiere cobrar impuestos; entre más empleados formales, empresarios e inversionistas, más recauda el Estado. No es ideología neoliberal, son matemáticas básicas y sentido común.

A su vez, para que las personas inviertan o arranquen un negocio se necesita la acción del gobierno: construir carreteras e infraestructura que facilite el comercio; garantizar seguridad y Estado de derecho; brindar educación de calidad; abrir mercados internacionales. Sin todo ello, por más transferencias y dádivas que se distribuyan, la pobreza seguirá siendo un reto y una tragedia persistente en nuestro país.

POR GUILLERMO LERDO DE TEJADA

DIPUTADO EN EL CONGRESO DE LA CIUDAD DE MÉXICO

@GUILLERMOLERDO

edp

¿Te gustó este contenido?