Permiso para preguntar

Las preguntas difíciles no sólo son éticas, también son necesarias porque es noticia

Peniley Ramírez / Linotipia / Heraldo de México
Peniley Ramírez / Linotipia / Heraldo de México

A veces los poderosos creen que los periodistas necesitamos pedirles permiso para preguntar. En esta lógica perversa, los narcotraficantes creen que deben autorizarnos para cuestionar quiénes eran los asesinados después de un enfrentamiento, por qué un político recibió dinero ilegal para su campaña, por qué preguntamos a las víctimas cómo es vivir en medio del horror, de la orfandad o la búsqueda permanente de sus desaparecidos.

A esos grupos criminales no les gustan esas preguntas. Llaman con frecuencia a las redacciones o a los reporteros para advertirles qué imagen no puede ser impresa, cuál entrevista con un líder contrario no debe circular. Amenazan, obligan a familias enteras a desplazarse por haber hecho preguntas incómodas o haber publicado sus respuestas. Asesinan a quienes se atreven a seguir preguntando. Después, amedrentan a sus compañeros que osan indagar por qué preguntaron, quién está detrás de las consecuencias mortales de una pregunta.

Pero hay otros poderosos a quienes les irritan aún más las interrogaciones difíciles. Muchos empresarios, muchos políticos, rechazan que un periodista los enfrente con su realidad. Les molesta cuando el periodista les dice que están mintiendo, les disgusta la réplica informada, los datos, los documentos, las imágenes que contradicen su discurso aprendido, las tarjetas que les entregaron sus colaboradores, su idea inexorable del bien y el mal. Quieren voceros, quieren aplaudidores que escriban lo que les dictan sin contrastar ningún dato, sin preguntarse qué dicen en la calle, qué explican quienes han estudiado un tema y lo conocen a profundidad, o en su nivel técnico, sin preguntarse si hay otra historia distinta a la suya quizá más cercana a la realidad, o que complementa su realidad en un modo como ellos no la habían entendido, que los hacen pensar más allá de sus prejuicios.

A los periodistas nos dicen en las escuelas que debemos ser imparciales. No podemos serlo. Podemos ser éticos y confrontar a los implicados en una revelación antes de publicarla, podemos ser conscientes de que cada palabra puede afectar la vida de otras personas, de que el testimonio de una víctima, de un funcionario, incluso de un criminal, los pone en riesgo. Debemos saberlo, pero no por eso callar, ni aplaudir, no por eso dejar de preguntar.

En el gremio periodístico no discutimos lo suficiente estos temas. Siempre estamos más ocupados en buscar y contar historias. Pero a veces hay recordatorios felices, como las preguntas de Jorge Ramos a Nicolás Maduro esta semana. ¿Cómo debo llamarle? ¿Ve usted a estas personas comiendo de la basura? ¿Esto es una dictadura? Cada miembro del equipo de Univision Noticias que viajó a Caracas y se le plantó a Maduro nos ha mostrado: las preguntas difíciles no sólo son éticas, no sólo se lo debemos a nuestras audiencias, también son necesarias, porque también es noticia cuando un poderoso acorralado por los datos, por las imágenes, exhibe sus miserias.

 

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@PENILEYRAMIREZ

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