Perdimos todos

En la pelea del sábado pasado, montada por millonarias razones, no solo perdió Julio César Chávez Jr. Perdimos los aficionados a este deporte

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No estoy decepcionado por el resultado de la pelea entre Saúl Álvarez y Julio César Chávez Jr. Pongámoslo así: fue un combate en un peso pactado que fue alimentado por el morbo y en el que, además, no había un título en disputa.

Los pugilistas hablaron que estaba en juego el orgullo e incluso que el ganador sería el mejor boxeador mexicano del momento. Lo primero es verdad. Lo segundo no.
He leído la indignación de conocedores de boxeo, de aficionados y de aquellos que no son fanáticos pero fueron impactados por el bombardeo mediático. Todos decepcionados de una pelea en la que no hubo intercambio de golpes, cargada de principio a fin del lado del Canelo, quien, simplemente, no tuvo rival. Las palabras de Chávez Jr. resultaron ciertas: Saúl Álvarez ha enfrentado a peleadores de dudosa calidad; él incluido.

El triunfo del Canelo no lo encumbra como el mejor boxeador mexicano. Lo deja a ras de piso; eso sí, con la satisfacción y el orgullo intacto de haber derrotado a un enemigo que no le exigió nada, que salió a cumplir con el compromiso. El tremendo esfuerzo que hizo Chávez Jr. por dar las 164.5 libras lo exprimió. Con esto no quiero decir que Álvarez no tiene calidad para el boxeo. Es disciplinado, está sediento de triunfo, respeta su profesión y se deja la piel en cada entrenamiento. Bravo por él.

Es lo que esperamos de cualquier deportista. Veremos qué ofrece en septiembre próximo cuando se mida con Gennady Golovkin. El sábado lo que vimos fue una versión casi idéntica de la cátedra que Floyd Mayweather le dio al Canelo en 2013. A Chávez Jr. le debe doler más su orgullo que los golpes de Álvarez. Fue avasallado, ridiculizado. Subió al ring entre aplausos y bajó, otra vez, entre abucheos. Quedó claro que no es cuestión de echarle ganas (parafraseando a su papá). Entrenó como nunca. Trabajó duro, fue disciplinado. Dijo que siguió al pie de la letra las instrucciones de Ignacio Beristáin. Qué bueno. Si hubiera entrado al intercambio de
golpes no habría llegado al último round.

En este mar de decisiones deportivas, el negocio de las apuestas, una pelea montada por millonarias razones, no sólo Julio perdió; perdimos los aficionados a este deporte. Nos quedamos con ganas de disfrutar un buen espectáculo y suspirando por nuestras viejas glorias del boxeo.

Los medios hemos sido cómplices del engaño por alimentar falsas expectativas, por no ser exigentes en el análisis y ubicar esta pelea en su justa dimensión.
No me resigno a que no volveré a ver un encuentro épico entre mexicanos. La prensa especializada está obligada a buscar entre tantos boxeadores a los nuevos Marco Barrera, a los Finito López, a los Juan Manuel Márquez que aún no conocemos porque el marketing deportivo no ha llegado a su esquina.

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