Pensamiento mágico, infraestructura y crecimiento

El gobierno de la cuarta transformación está a tiempo de corregir, debe lanzar un programa de infraestructura con visión de largo plazo y con enfoque sistémico

Fausto Barajas / Articulista invitado / Heraldo de México
Fausto Barajas / Articulista invitado / Heraldo de México

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador apuesta por un crecimiento de la economía mexicana de seis por ciento al cierre de su sexenio.

La apuesta se vislumbra errónea porque el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024, que presentó el gobierno federal el pasado 30 de abril ante la Cámara de Diputados no da elementos que liberen el potencial productivo del país, y el primer trimestre de este año la economía ya entró en contracción

La divergencia creciente entre la realidad y los discursos del Presidente parece llenarse de pensamiento mágico.

No se observa una relación de causalidad entre acciones de gobierno y mejora de la economía; ni en el corto, ni en el largo plazo. En el primer trimestre de este año, la economía mexicana se contrajo 0.2 por ciento respecto al trimestre anterior.

El dato no sorprende si consideramos que el gobierno tomó decisiones que frenaron la economía, como el desabasto de gasolina, la cancelación del aeropuerto, la tolerancia a los bloqueos de vías ferroviarias, entre otros.

Aunado a esto, el gobierno tuvo un mal desempeño en el ejercicio de la inversión en infraestructura en el primer trimestre.

Por ejemplo, la inversión física presupuestaria en transporte se contrajo 78 por ciento en términos reales; la inversión en el sector salud se redujo 19 por ciento y en materia turística se cayó 30 por ciento.

Para lo que resta del año no se prevé una mejora sustancial porque el presupuesto destinado a inversión física para 2019 que es de 670 mil millones de pesos, solo supera en 5 por ciento al de 2018 y está por debajo de los 889 mil millones que se ejercían en 2012. Todo esto en cifras comparables de pesos de 2019.

Si vemos esto desde una perspectiva estructural, se tiene que este gobierno únicamente destinará 11.5 por ciento de su presupuesto a inversión, cifra similar a lo que se destinaba al cierre de tres de los últimos cuatro sexenios: Ernesto Zedillo, 11.2 por ciento; Vicente Fox, 11.4; Enrique Peña Nieto, 11.1 por ciento.

Para que en este sexenio se logre la estructura de gasto que se tenía al cierre del sexenio del presidente Felipe Calderón, López Obrador tendría que invertir el 17.4 por ciento de su presupuesto en infraestructura, eso significaría destinar a inversión 230 mil millones de pesos adicionales tan sólo en 2019.

México debe incrementar su inversión en infraestructura para incrementar su tasa de crecimiento y para lograrlo tiene que sumar al sector privado.

Sin embargo, el gobierno lo está alejando. Primero, por la cancelación de las rondas petroleras; segundo, por la suspensión de las subastas eléctricas; y tercero, por no considerar a las alianzas público-privadas dentro de los proyectos del Plan Nacional de Desarrollo, salvo para el Tren Maya.

Para que México alcance los niveles de inversión de los países desarrollados, ésta debe estar por arriba del cinco por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) sin incluir la inversión petrolera; lo que representaría una inversión anual de 1.2 billones de pesos.

Para llegar a los niveles de inversión deseada y que puedan generar cambios en materia económica, se debe sumar al sector privado y destinar más recursos del presupuesto de egresos a este rubro.

El gobierno actual analiza el incremento de impuestos al tabaco, al alcohol, a la comida chatarra y el regreso de la tenencia vehicular, esta debería ser una oportunidad para que en 2020 se canalicen esos recursos y los del Impuesto Especial Sobre Producción y Servicios (IEPS) de gasolinas a la inversión en infraestructura, ahí está el camino para acelerar el crecimiento de México.

Otro factor clave será la generación de certidumbre para los que inviertan en México, en especial en infraestructura y energía que son proyectos de miles de millones de dólares que requieren grandes periodos de tiempo para su planeación, ejecución y operación.

Por otro lado, no debemos dejar de lado que la infraestructura es el primer contacto del ciudadano con el Estado y el ambiente público, que va desde una banqueta en la que se puede caminar bien, hasta el aeropuerto que agiliza el movimiento de personas y carga, pasando por la planeación y servicios urbanos que facilitan la movilidad y seguridad de las personas; además de incrementar el intercambio de mercancías.

El gobierno de la cuarta transformación está a tiempo de corregir, debe lanzar un Programa de Infraestructura con visión de largo plazo, con enfoque sistémico y que trascienda los caprichos de una sola persona. Queremos más infraestructura, menos pensamiento mágico y más crecimiento.

Especialista en Infraestructura

@FAUSTOBARAJAS

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