Cinco modestas propuestas para este milenio

Nuestra literatura no se atreve a nada: es pacata, timorata, llena de edulcorantes y profundamente convencional

Pedro Ángel Palou / Heraldo  de México
Pedro Ángel Palou / Heraldo de México

 

El futuro sólo parece existir en Oriente, no solo en China, (donde también está el dinero) el problema que compartimos en América Latina con Europa es desolador: falta absoluta de pasión por todas las cosas. Hay que echar una bomba, se aburre uno, escribía Salvador Novo en El Joven en ¡1923! Más de 90 años después nuestra literatura no se atreve a nada: es pacata, timorata, llena de edulcorantes y, sobre todo, profundamente convencional. Aburrida, incluso.

No manden flores vez por la muerte de la literatura mexicana. Si quieren hacer algo decente orínense sobre su lápida, encima del mausoleo. Despedacen la ideología atrás de ese edificio paupérrimo y en ruinas que llamamos literatura mexicana.

La literatura nunca es una semántica, es una sintaxis. No tiene que ver con las palabras, los diccionarios y otros embalsamadores. Tiene que ver con buscar la palabra detrás de la palabra, un nuevo modo de decir, absolutamente distinto. Propongo una guerrilla literaria radical que no deje dormir a los bienpensantes, que irrite al sentido común y que, aunque suene a imposible, se plantee una revolución completa. Adiós al humanismo burgués –que basa, por cierto, su fuerza en una rancia división medieval de las personas, la élite y los otros, -cinco alguienes contra miles de nadies- y que ya denunciaba Thomas Mann en su Opiniones de un hombre no político.

La tesis central de ese libro publicado en 1918 puede resumirse así: el totalitarismo moderno está basado esencialmente en un retorno de los valores católico romanos medievales, específicamente en la subordinación del individuo a la comunidad al servicio de un fin colectivo. A demoler esa pretensión. Necesitamos una bomba que aclare que ese totalitarismo hoy es el del capitalismo monetario y el libre mercado basado en la pretensión imposible de que somos capaces de ser felices porque podemos consumir y comprar todo. Es la apetencia de la mercancía –la publicidad que crea necesidades- y su posesión. Sólo que la mercancía siempre es reemplazable. Siempre es necesario una nueva. El consumista nunca se sacia, siempre hay un nuevo modelo que reemplaza al anterior que compré hace seis meses.

Somos reemplazables (los consumidores y las mercancías)

Un mundo, además, de irascibles. Todos nos sentimos ofendidos. Los musulmanes por una caricatura, las mujeres por una opinión misógina, los homosexuales por un heterosexual intransigente, las pulgas por la falta de cabello del pelón del lado. Se les olvida esa maravillosa intuición de Musil: Todo es moral, menos la moral.

  • Lo real banal es lo único que existe, y no es otro que lo real mediatizado. Lo real victimizado, además, porque sólo así se vende.
  • Sólo son reales los hechos, ya no hay lugar para la ficción y la literatura. ¡Qué horrible! Porque la literatura es, precisamente, lo que da matices, la ficción es una reserva utópica que opone a los hechos las posibilidades, más ricas. Hay un personaje de Dickens en Tiempos difíciles, Gradgrind que está presente en todos lados: en la calle, en la televisión, seguramente también en las universidades, que preparan a los empleados del Consorcio: Esperamos, desde hace tanto tiempo un Comité de Hechos, compuesto de comisarios de hechos que fuercen a la gente a sólo considerar los hechos. Nada más que los hechos.
  • Vivimos hoy según La escuela de cada quien, producida por la ilusión realista, cruzamos ya la puerta de la nada. En 1941 Jean Paulhan decía que podían distinguirse dos tipos de literatura: la mala, casi ilegible (que se lee mucho) y la buena que no se lee nada. Sesenta y siete años después podemos afirmar sin empacho que no se puede distinguir ya entre bueno y malo en un mundo donde todo es falso. Sólo queda la insurrección.
  • En la sociedad del espectáculo nada es duradero. Sólo poseemos cinco, ni siquiera quince, minutos de fama. Debord, veinte años después de su libro luminoso, dice: El éxito sin freno de las voluntades de la razón-mercado han mostrado de manera rápida y sin excepción que el devenir-mundo de la falsificación es también un devenir-falsificación del mundo. TODO SE VENDE Y TODO DESPARECE. Este mundo está lleno de impostores porque la IMPOSTURA FUNCIONA.
  • Ranciére lo sabía cuando afirmaba que el futuro del arte tiende a una forma nueva de indistinción entre el arte y la vida no artística, por ende a disposición de todo el mundo. Antes todos tenían una novela dentro, hoy no, hoy cada quien tiene una memoria dentro, personal y, curiosamente TRANSFERIBLE

 

COLABORADOR

@pedropalou

 

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