Paradojas del activismo migratorio: ¿Coyotes o Robin Hoods?1

Grupos criminales en la frontera son responsables de extorsiones, secuestros, violaciones y asaltos a los migrantes que realizan el arduo viaje hacia el norte

Profesora en la Universidad de George Mason Excomisionado de Aduanas y Protección Fronteriza de EU
Profesora en la Universidad de George Mason Excomisionado de Aduanas y Protección Fronteriza de EU

En las últimas décadas, los traficantes de personas, conocidos como polleros (en alusión al pastor de un rebaño incontrolable, o también denominados coyotes), han sido considerados como un mal necesario por parte de las organizaciones defensoras de migrantes. Los polleros actúan de manera ilegal, pero aparentemente por una buena causa: ayudar a los migrantes a llegar a su destino y alcanzar una vida mejor. Los activistas promigrantes, que incluyen a grupos religiosos y organizaciones de derechos humanos, no sólo aparentan no darse cuenta de las violaciones a la ley, sino que de manera sistemática han ampliado sus redes de apoyo (y credibilidad) hacia los migrantes que son traficados, así como a quienes los trafican, considerándolos como unos Robin Hoods. En lo que antes parecía un matrimonio arreglado por conveniencia para un noble propósito, los contrabandistas de personas han operado mano con mano con los grupos de derechos humanos a lo largo de los corredores migratorios de México. Esta vinculación podría haberse considerado como algo similar al Ferrocarril subterráneo (Underground railroad) anterior a la Guerra Civil de EU: una red de casas de seguridad, finanzas y rutas a través de las cuales los esclavos eran rescatados del sur del país y transportados hacia la libertad.

Aunque esta dinámica pareciera haber comenzado de manera inocente, en los últimos  10 años, el negocio del tráfico humano ha cambiado dramáticamente y se ha convertido en una verdadera empresa criminal. A medida que las condiciones de seguridad mejoran en el lado estadounidense de la frontera México-EU y al ser mucho más difícil ingresar a la Unión Americana de manera legal, las cuotas cobradas por los traficantes de personas se han incrementado de forma exponencial.

A medida que se elevan las ganancias generadas por el tráfico humano, los grupos criminales que operan a lo largo de las rutas migratorias —incluidos aquellos dedicados al trasiego de drogas, así como autoridades corruptas— se transforman en actores clave y el tráfico de personas se convierte en uno de sus negocios más lucrativos. El estereotipo de los polleros tradicionales —que realizaban principalmente operaciones a pequeña escala— dio paso al terror de la trata de personas perpetrado por el crimen organizado. Hoy en día, grupos criminales en la frontera son responsables de extorsiones, secuestros, violaciones y asaltos a los migrantes que realizan el arduo viaje hacia el norte. En este contexto, y en tiempos de caravanas, a las organizaciones de derechos humanos y a los grupos religiosos promigrantes les debería resultar imposible negar de manera creíble estos abusos.

Esta naturaleza alterada del negocio de contrabando de personas y los abusos contra los derechos humanos que le acompañan explican, en parte, la caravanización de la migración centroamericana. Es lógico que los migrantes se sientan atraídos por el movimiento en masa, para evitar pagos exorbitantes a los traficantes y los enormes peligros asociados al viaje. Sin embargo, la caravana de finales del año pasado ilustra patrones preocupantes e intereses oscuros.

Iniciada por organizadores comunitarios en Honduras, esta caravana creció aparentemente de manera orgánica y espontánea. Sin embargo, cuando llegó a México, algunos grupos que se autodenominan defensores de migrantes —particularmente Pueblo Sin Fronteras— asumieron un rol protagonista en la organización del movimiento, gestión de fondos y manejo de logística para transportar a unos 10 mil migrantes a la ciudad de Tijuana, en la frontera norte de México. Sufriendo una notable transformación, los activistas y defensores de migrantes se convirtieron, en cierta forma, en traficantes de personas que guiaron a víctimas de miseria y violencia hacia el callejón sin salida de la ilegalidad y la desesperación.

La verdad incómoda es que los resultados de aquella caravana han sido desastrosos, tanto para los migrantes como para los grupos que supuestamente les defienden. Los migrantes y activistas que buscaban una confrontación con la administración Trump lograron su objetivo. Sin embargo, al hacerlo, otorgaron al Presidente una victoria durante una coyuntura política crucial: las elecciones intermedias en EU y el inicio de una nueva administración federal en México. Al final de 2018, la retórica del muro se coloca en uno de sus puntos más álgidos, determinando incluso el cierre temporal del gobierno estadounidense. Al mismo tiempo, a través de una supuesta acción unilateral por parte de EU y con la venia de México, los migrantes que buscan asilo político tendrán que esperar en México mientras sus solicitudes son procesadas. Lo anterior podría tardar meses e inclusive años.

La confrontación en el cruce fronterizo de San Ysidro tuvo poca relación con la seguridad fronteriza y nada que ver con una invasión a EU o una amenaza mayor a la seguridad nacional. Sin embargo, el fenómeno se politizó y fue utilizado de manera muy efectiva por Trump. Las imágenes de personas que se lanzaban con desesperación a la frontera, que arrojaban piedras a los agentes de la Patrulla Fronteriza y que fueron repelidas con gases lacrimógenos en un escenario acompañado por una cortina de alambre de púas, no podrían haberse ideado mejor, a fin de generar la impresión que buscaba el presidente.

El episodio, en resumen, fue un desastre político para los refugiados y para la comunidad de migrantes en general. Además, coloca a la administración de López Obrador en una posición insostenible, al tiempo que intenta formular una nueva política migratoria para México, país que ya no es solamente origen de migración indocumentada, sino que se ha convertido en una zona de tránsito y pronto será un lugar de destino para ciudadanos de Centroamérica que huyen de la violencia y la pobreza. Paradójicamente, como lo ha mencionado Trump en diversas ocasiones, parecería ser que México pagaría efectivamente por el muro —o por lo menos por parte del mismo— de manera indirecta. México paga siendo forzado a proveer de apoyo a los migrantes de las caravanas y a los refugiados que piden asilo y que tendrán que esperar en territorio mexicano a que se decidan sus casos.

Ha quedado claro que las organizaciones que facilitaron la llegada de la caravana a Tijuana no han logrado obtener beneficios claros para los migrantes. Al contrario, éstos fueron explotados como peones políticos y quedaron indefensos en el invierno en una ciudad cada vez más hostil. Mientras México y EU se organizan para manejar la situación de forma unilateral, el tiempo pasa, se forman nuevas caravanas, los soldados estadounidenses regresan a la frontera, y los migrantes permanecen sumidos en la frialdad de la miseria, sin posibilidad de que sus peticiones de asilo sean procesadas en tiempo y forma.

Es poco probable que, en este punto, los responsables sean llamados a rendir cuentas por los resultados insatisfactorios, y mucho menos por el delitos de tráfico humano que implicaron sus acciones. Sin embargo, tal vez se presente una oportunidad para un cálculo que reconsidere la alianza impía y tácita que ha existido entre los traficantes de personas y los defensores de derechos humanos y de migrantes.

Esta reflexión parece urgente al formarse una nueva caravana que se dirige al norte en tiempos políticos clave para Trump: cuando se negocia ferozmente el presupuesto para la construcción de un muro fronterizo en medio del cierre del gobierno. ¿Por qué precisamente ahora? ¿Quién movilizó o alentó esta nueva caravana? Circula propaganda en las redes sociales y fluyen recursos altruistas sospechosos en plataformas electrónicas de financiación colectiva (crowdfunding). Se van uniendo nuevos miembros llenos de esperanza sin entender las promesas rotas y el uso político que se dará a su tragedia humana.

Por Guadalupe Correa-Cabrera  Alan Bersin

 

1  Una versión del presente artículo apareció en el periódico El Informador, el 3 de enero.

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