Pandemia

El espíritu indómito del mexicano y su raza genuina, como la espiga, habrá de doblarse hasta tocar la tierra, pero sin romperse

Jorge Murrieta / Sin rollos / El Heraldo de México

Una pandemia de proporciones bíblicas ataca al mundo entero. Sí. También al mundo del deporte. Salvo en algunas ligas (como la rusa o la turca), el futbol detuvo la pelota. El balón dejó de rodar. Aunque algo tarde, México tomo conciencia y jugó algunos partidos a puerta cerrada, hasta que el tremendo coronavirus obligó a los federativos a parar todo. Se acabó el negocio (al menos por un tiempo). El show debe esperar. No olvidemos que el deporte, y particularmente el futbol, no es más que un divertimento, algo que Valdano definió como: Lo más importante de lo menos importante, si acaso…

El bicho apareció por vez primera en la legendaria China del viejo Lao-Tse. Sigo sin entender por qué los humanos buscamos en lo novedoso una especie de gozo redentor. Comer sopa de murciélago es todo menos glamoroso. Es tétrico. Diría que hasta contra natura. Hay que dejar en paz a las criaturas de la noche o tarde o temprano desatarán su furia milenaria.

Y de un contagio por Coronavirus en enero, hoy las víctimas se cuentan por miles, lo mismo que los infectados. ¿Qué es esto? ¿Una plaga? Un recordatorio en pleno siglo XXI de que como sociedad estamos haciendo algo mal, desafiando de manera grotesca el sano equilibrio entre nuestra especie y todas las demás que aún caminan, vuelan, reptan o nadan sobre nuestra bellísima esfera azul.

El planeta se fue despoblando. La pandemia nos mandó a casa. En México, como suele suceder cuando la espada de Damocles nos alcanza, tuvo que unirse la sociedad civil para luchar codo con codo contra la inmunda infección.

El ciudadano serio, el cabal, tomó sus providencias y se refugió en sus casas, mientras que algunos (miles) ilusos tardaron en entrar en acción porque la ignorancia de su líder supremo los rebasó. Fe ciega, que le llaman… y así, mientras el hombre de aspiraciones mesiánicas y nimio intelecto proponía a la ciudad que se abrazara porque no pasa nada, la mayoría apeló al sentido común. Se quedó el hombrecillo macuspano babeando niños y ancianos, mientras la sociedad civil, una vez más, salió (o mejor dicho se guardó) para salvar al México estoico de los temblores y los saqueos, el de la guerra inconclusa y maltrecha contra el crimen y el narcotráfico, el de los desaparecidos, el feminicida, el de los gobernantes cínicos y desvergonzados y ahora, el México de un líder ignorante que busca contagiar a su grey con ese virus aún más potente y letal: el de la ignorancia.

El futbolista, como el torero y el beisbolista, lo mismo que el boxeador y el farmacéutico, así como el abogado, el arquitecto, las empleadas de la limpieza, usted y yo, volvimos a ese sitio irreductible donde moran nuestros miedos mas elementales. En el rincón de las almas. Donde jugamos la suerte a los dados y echamos albures con la muerte.

Contingencia. Esa es la palabra. El espíritu indómito del mexicano y su razagenuina, como la espiga, habrá de doblarse hasta tocar la tierra, pero sin romperse. Y de ésta, pueblo guerrero y chingón, habrás de levantarte nuevamente, aún a pesar de la cortedad de miras de tus rancios gobernantes

POR JORGE MURRIETA
JORATLA@GMAIL.COM
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