País de socavones

El socavón de Cuernavaca y la negación de una responsabilidad institucional revela una radicalización del Presidente Peña


La semana pasada un señor y su hijo perdieron la vida cuando un abismo se abrió en una obra recién inaugurada por el gobierno federal y el auto en el que viajaban en una autopista de cuota cayó una distancia semejante a tres pisos: atrapados entre los escombros, los hombres sobrevivieron más de 90 minutos. Las tareas de rescate demoraron 9 horas y cuando pudieron sacarlos, estaban muertos.

Un socavón, ilustra el diccionario de María Moliner, es un hoyo o cueva socavado en algún sitio, un hundimiento causado por una corriente subterránea. 

El hoyo en el paso rápido es una metáfora de unos ciudadanos devorados por las grietas de un Estado incapaz de aportar a sus gobernados seguridad y bienestar por negligencia, corrupción e irresponsabilidad, o probablemente todas estas infamias juntas.

Hace décadas la vida cotidiana está repleta de hoyos que otros gobiernos y presidentes cubrieron sin explicar, investigar o sancionar.

Socavones históricos son la explosión de 200 muertos en Guadalajara 1992, pese a las alertas de técnicos de Pemex; el levantamiento armado en Chiapas, cuyas causas y formación desdeñó Salinas; el rescate de los bancos en el gobierno de Zedillo, una cadena de 900 mil millones de pesos que soportamos hace veinte años; los feminicidios en Ciudad Juárez, extendidos a todo el país años después; la guerra de 300 mil muertos desatada por Calderón; el desmantelamiento del IFE ciudadano y la instauración de un INE controlado por los partidos; el saqueo de miles de millones de los Duarte y Borge, pese a los contratos y otros actos ilícitos documentados antes; y el Sistema Nacional Anticorrupción, un socavón cavado por los partidos en el Congreso tras negarse a nombrar un fiscal cuya ausencia cancela las reglas necesarias para frenar el robo del erario desde el servicio público.

El socavón de Cuernavaca y la negación de una responsabilidad institucional revela una radicalización del Presidente: si el Procurador del Consumidor renunció humillado por las amenazas de una de sus hijas de clausurar un restaurante y David Korenfield abandonó la nómina por utilizar un helicóptero oficial como  taxi personal, de manera inaudita el secretario de Comunicaciones continúa en su puesto pese a que dos ciudadanos murieron a causa de las deficiencias de una obra federal a su cargo y de la negligencia de unas autoridades que ignoraron las advertencias de los habitantes de la zona.

En el país de los socavones es más probable ver a Gerardo Ruiz Esparza como número uno en la lista de candidatos del PRI a obtener un escaño y un fuero indispensable, que mirarlo renunciar y disculparse por una obra cuyos abismos de corrupción y negligencia han apagado 23 vidas desde que empezó hace tres años.

Un socavón, ilustra la política mexicana, es una grieta, un hoyo o un abismo cavado por nadie. 

 

Columna anterior: De cráneos y cultos a la vida

 

¿Te gustó este contenido?




Lo mejor del impreso
OpiniónFOTO: @Gibsonguitar

Mítico fabricante de guitarras Gibson se declara en bancarrota