Otro brutal, inútil atentado terrorista

Saffie Rose, una niña de 8 años que murió en Manchester, se convirtió en un símbolo de la brutalidad de un movimiento extremista barnizado de religiosidad

La muerte de Saffie Rose Roussos, de ocho años de edad, en un atentado terrorista en Manchester la noche del lunes, lo dice todo.

La niña con otros miles de personas, mayormente adolescentes, había asistido a un concierto de la cantante estadounidense Ariana Grande. No era un acto político, y ni siquiera tenía idea de lo que eran los conflictos políticos. No todavía al menos.
Pero no le dieron tiempo de hacerlo.

El terrorista solitario, el arma mas peligrosa de nuestros tiempos, atacó la noche del lunes en Manchester, Inglaterra, al final del evento musical.

El acto como tal fue cometido por Salman Abedi, un residente británico de 23 años, de una familia de refugiados libios, que hizo detonar una bomba en el foyer de la arena de Manchester.

El ataque fue reivindicado por el grupo Estado Islámico, aunque fue casi automático: cualquier cosa que lo haga ver como un movimiento amplio y fuerte. Tal vez solo hasta hoy el EI se enteró de su existencia.

En Gran Bretaña sin embargo se habla de la posibilidad de que el artefacto explosivo haya sido hecho por un especialista que luego lo entregó al criminal suicida.

Pero la verdad, según reportes de la prensa británica, el joven había exhibido un comportamiento extraño y de hecho se le escuchó recitar en voz alta, específicamente el primer verso de un libro sagrado: Solo hay un Dios y Mahoma es su profeta.

Pero el EI, que enfrenta crecientes problemas militares en sus reductos de Iraq y Siria, ha llamado para que musulmanes militantes ataquen blancos blandos, como actos multitudinarios en sitios públicos. El atentado protagonizado por Abedi cumplió los requisitos.

En otras palabras, exhortó a musulmanes extremistas aislados a atacar a quien sea y como sea; lo mismo usando un vehículo para embestir contra multitudes que haciendo detonar bombas en grandes concentraciones.

Y lo hizo, por supuesto, en el nombre de un Dios misericordioso.

Pero solo en la perversa, absurda, cobarde interpretación de un grupo de ese tipo puede considerarse que un concierto donde la mayoría de los asistentes son mujeres menores de 15 años es una reunión de cruzados enemigos.

Solo en la enfermiza, irreal, esquizofrénica concepción de alguien como Abedi puede considerarse que un atentado con explosivos en una reunión de niñas sea un acto de valor o de expresión de fe, no importa qué religión.

La lista de ataques de ese tipo es larga. La atención se fija en los ocurridos en países europeos y Estados Unidos, pero el número de acciones terroristas y víctimas en países del Africa y Asia es mucho mayor.

Para Saffie Rose el concierto fue probablemente un momento inolvidable en su corta vida.

Quizá -ojalá- no se haya dado cuenta del atentado que terminó con ella. Pero la realidad es que ahora se convierte en un símbolo más de la brutalidad de un movimiento extremista barnizado de religiosidad.

 

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