Oposición anulada

La democracia se construye con debate fuerte y duro, pero también con el reconocimiento del discurso del otro

Ezra Shabot / Colaborador / Línea Directa
Ezra Shabot / Colaborador / Línea Directa

Una de las características indispensables para la construcción de un régimen autoritario basado en la existencia de un partido hegemónico, es la desaparición de toda oposición considerada como legítima en el marco de un Estado democrático y representativo.

Así lo documentan Steven Levitzky y Daniel Ziblatt en su texto titulado: Cómo mueren las Democracias, y en donde insisten en la necesaria descalificación de la oposición política como fuerza legítima, como forma de eliminar la pluralidad y la posibilidad de una convivencia tolerante entre adversarios políticos.

Y es que el paso de adversario a enemigo tiene una connotación fundamental en la vida diaria de una nación.

Con el adversario se dialoga, se negocia, se llega a acuerdos, e incluso se tiene contemplada la posibilidad de que en un determinado momento llegue al poder sustituyendo a quienes fueron los responsables del mismo por determinado tiempo.

Pero cuando se quiere construir o reconstruir un régimen autoritario, los adversarios se vuelven enemigos, y con estos no hay conexión alguna.

Al enemigo se le derrota, se le humilla, y no se tiene contemplada la opción de su posible retorno al mando de la nación.

El México de la democracia, que desde 1997 se vio obligado a pactar las decisiones de política nacional entre diversos partidos, había logrado transformar el sistema del Partido Revolucionario Institucional (PRI) como único partido legítimo, a un modelo pluripartidista de negociación difícil, ruda y a veces inútil, pero siempre con el propósito de garantizar la pluralidad inexistente hasta ese momento.

La elección del año pasado y el ascenso de un presidente-caudillo junto con un movimiento popular que alcanzó a crear mayorías parlamentarias amplias aunque carentes de un denominador común más allá de la lealtad al líder, nos regreso de facto al México del partido único, de los enemigos de la patria y con ello de la anulación de la legitimidad de la oposición.

Así, además de la coalición Morena-PT-PES -Verde, el gobierno tiene en la bolsa al PRI de Alejandro Moreno que, destrozado por la corrupción que nunca pudo contener, hoy se trata de alinear al esquema de una oposición legítima que implica la incorporación de los gobernadores tricolores y el propio partido a la estrategia de la 4T.

Quedan fuera Acción Nacional y Movimiento Ciudadano, quienes hasta ahora resisten los embates de un discurso que los descalifica como conservadores, retrogradas o simplemente corruptos, alejándolos del espacio político para tratar de situarlos en la marginalidad ilegítima de los emisarios del pasado, como llamaba el priismo a los expulsados de su territorio.

La democracia se construye con debate fuerte y duro, pero también con el reconocimiento de la validez del discurso del otro.

Lo contrario, es autoritarismo.

POR EZRA SHABOT
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@EZSHABOT

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