Olvidar y perdonar

Se trata de no ejercer acción alguna contra lo ocurrido, pero sin que la memoria evite pensar en las afrentas y la estulticia

Pedro Ángel Palou / Heraldo  de México
Pedro Ángel Palou / El Heraldo de México

Lethé, olvido, en griego, quiere decir en realidad, poner un velo, ocultar. Por eso lo contrario del olvido es la verdad, Aletheia. Aquello que ha sido desvelado. El río del olvido de los griegos, el Leteo, el que permitía descansar un cierto sueño eterno, es el que le pone un velo a todo lo verdadero. El término, en cambio, para la versión en inglés forget, viene del alemán (for, getan), dejar ir, dejar escapar. Recordar algo es retenerlo. Olvidar es soltar. Estos dos términos nos vienen muy bien para discutir la situación política en México.

Hace tiempo, aquí mismo, hablaba de mi encuentro con el arzobispo Desmond Tutú, en Washington. Lo escuché decir: Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón. Atrás del perdón hay entonces siempre una justicia restauradora para las víctimas. El éxito de la comisión radicó, en buena medida, en escuchar.

Hablamos sobre las violencias del nuevo milenio –étnicas, raciales, y siempre de los poderosos contra los pobres, en sus palabras– y comentó que entendemos erróneamente la ley del talión bíblica. No se trataba de mochar manos –como en algunas sociedades musulmanas actuales– sino de que no se pudiera asesinar a los parientes del culpable del crimen. Un crimen se paga con el mismo crimen, dice Tutú, que significa el ojo por ojo, no la brutalidad. En sociedades tradicionales, como la de la China de Confucio, también la parentela pagaba el daño. A eso se refería el arzobispo.

En la tantas veces citada democracia ateniense se inventó la amnistía. Tal acto de olvido ocurrió contra los llamados treinta tiranos en septiembre de 404 a.C. Habían arrestado y asesinado a todos sus opositores. Confiscaron propiedades, destruyeron a los residentes extranjeros, exterminaron a todos quienes pensaban distinto. Después de la guerra civil, los demócratas, para restaurar la paz, pensar que lo mejor era el olvido. Olvidar lo inolvidable, lo impensable que ya ocurrió. Ésa es la lección. El pacto de la Moncloa, después de la dictadura franquista, lo consiguió, al menos por dos décadas, con éxito sorprendente.

Paz y reconciliación fueron los términos de la constitución ateniense. A la mayoría de los treinta tiranos y sus cómplices no se les castigó con el exilio. Se les amnistió, como ya he dicho, jurando: No recodar las tristezas recientes.

En otro momento del texto se dice: No guardar rencor o culpa contra aquellos que cometieron errores. Se dice fácil, pero ésa es la verdadera clave de la reconciliación si se quiere empezar de nuevo. Basta, por favor, de culpar de todo al pasado. Lo sabemos. Saquearon al país una y otra vez, destruyeron el pacto social, rompieron la seguridad local y regional, sangraron a México en una guerra estúpida y lo endeudaron al triple.

La pregunta central, sabiendo todo eso, es cómo nos reconstruimos sin rencor. La respuesta también está en la democracia ateniense. No se trata de olvidar las ofensas, o de borrar lo ocurrido, lo que implicaría que tarde o temprano volviese. Se trata de no ejercer acción alguna contra lo ocurrido, pero sin que la memoria evite pensar en las afrentas, la corrupción, la estulticia, la falta de escrúpulos totales con los que, por ejemplo, se ejerció la justicia en México (de García Luna, para acá al menos).

Olvidar lo que no es posible olvidar. De eso se trata, y por eso es tan complejo. Porque nunca debemos borrar lo ocurrido, debemos pensar cómo construir un país después de lo que todos sabemos que sucedió. En lugar de la venganza o el rencor, la reconciliación. Amnistía no es amnesia, no implica silencio. Como nos explica Lewis Hyde, lo mismo en el tratado de Westphalia, como en el de Edimburgo, en 1560 o en 1648 (o como hemos dicho después de la guerra civil ateniense o la española), se establecieron leyes de olvido como condición de futuro. La historia puede enseñarnos muchas cosas, si no se la falsea o usa para fines políticos, pero la condición es que se la piense siempre no como nostalgia del pasado que no volverá, sino como condición de futuro.

Es ese México que queremos: el que nos une, no el México que fuimos, que nos separa.

POR PEDRO ÁNGEL PALOU 

COLABORADOR 

@PEDROPALOU

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