Oda a la estética

Pecadora, casi por todos lados, soy golosa, envidiosa y lujuriosa estéticamente hablando

Valentina Ortiz Monasterio
Valentina Ortiz Monasterio / Nube viajera

A veces siento que la gente no me entiende. Detesto la decoración navideña -y sí, llevo años de recriminación de mis hijas-, sé que no hay muchas como yo que no les guste el chocolate, y menos, de las que, como yo, un ramo de rosas es a mi juicio poca imaginación. Agradezco profundamente un buen café, y bien hecho, una servilleta del tamaño que mi boca, mi gusto y mi gana me indican -grande-, y me caen mal los que sirven quesos antes de comer.

Escribo este texto desde lejos. La frontera con Croacia es cerca y Venecia, que poco se me ha antojado visitar -mi lado romántico se me esconde bien profundo-, también está a pocos kilómetros. Vuelvo a la estética, la cama de la casa en el medio del viñedo es perfecta, la cubre una colcha bordada a gancho que sólo habla bien de quien la pidió, de quien la tejió y de la historia de unas manos que, como las mías, quieren tocar la belleza.

La cita para encontrar el Prosecco, que no le gusta a Valentina, era a las 9:30 am y, aun así, pedí que la vocecita me despertara tres horas antes para gozar, ver amanecer y recorrer el pequeño viñedo llena de frío, pero con emoción porque me gusta mucho, mucho, lo muy bonito.

Si tuviera que escoger una mesa para desayunar todos los días, escogería aquella del hostal italiano de colchas tejidas a mano. De forma oval, de menos de un metro de longitud y apenas unos 70 cm de ancho. Una mesa íntima donde escribí y fantaseé futuros probables. Mi mesa es para dos, con vista a parcelas de uva Glera, con mantel -de nuevo, de gancho tejido a mano-. Sobre ella hay dos mandarinas pequeñitas, miel de los cajones de abeja de la propiedad, una lechera de porcelana antigua como las que desde niña colecciono, y dos huevos, no de sous vide, sino perfectos.

Me gusta la estética. Recogí castañas y me emocioné cuando Carlo, nuevo enamorado productor de vino, me sugería hacer puré de ellas y con él. Adoro lo amable, sea a la vista, al paladar o al alma, lo mismo puede ser de un aparador de currys en la plaza de la Madeleine, que de un plato de cotechino que, aunque no me hace más flaca, sí me hace más feliz.

Pecadora, casi por todos los lados; soy golosa, envidiosa y lujuriosa estéticamente. Quiero más cielos rosados sintiéndome profundamente orgullosa de la belleza que existe en el hedonismo. Me mata el buen gusto.

 

Por Valentina Ortiz Monasterio

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