Ocio de sarape

Cuando se heredan canciones, alegrías, recetas y, en especial, se coleccionan "trapos" de todos lados

Valentina Ortiz Monasterio
Valentina Ortiz Monasterio / Nube viajera

Sin duda, el amor por los sarapes de Saltillo es un gusto adquirido. En primer lugar porque son lindos; aunque tampoco tanto. Pero es un gusto adquirido, especialmente, porque además de platitos y cacerolas, también mamé ir por la vida coleccionando trapos.

De esa zona heredé sangre, alegría y recetas. En mi casa materna se cantaba con enorme orgullo Rosita Alvírez y se paloteaban tortillas de harina —gruesita—, para comer con machacado, con cochinilla pibil o con frijoles.

Me fascinan las historias de la discada norteña y los orígenes agrícolas de aquélla cosa sabrosa llena de vegetales locales y carne, tocino y grasita. Mi abuelo me recitaba, entre muchísimos otros cuentos cuando yo era niña, que mi linaje era kikapú, de aquélla zona de Coahuila, y aprendí a sentirme enormemente orgullosa de que él había nacido en el municipio de Piedras Negras y se había casado con la que tiempo después fue mi abuela, quien era originaria de Nueva Rosita.

Conforme mi interés por comer y cocinar se fue desarrollando, me hice adepta al chorizo de Múzquiz y a las miguitas —insisto, lo traigo en la sangre—.

En ocasiones, me encuentro a mí misma en tramos carreteros contándole a mis hijas las mismas historias que mi padre platicaba mientras cruzánbamos Matehuala y sus cielos estrellados. Me miran raro, pero sé que me entienden.

He soñado con acampar en Cuatro Ciénegas y con una botella de Dom Perignon —sí, y que me perdonen los espumosos locales—, mientras observo el horizonte con historias de dinosaurios y atardeceres de colores.

Hace poco me hicieron un encargo: Pero de los que no pique, Valentina, un trapo peruano de elaboración artesanal de aquéllos que se ven en las fotos típicas de las comunidades, con todo y llama a un lado. No lo encontré, y sigo pensando en la capa de vicuña que sí quiero y que de alguna forma también es trapito.

De sangre, hambre, pero sobre todo de genes coahuilenses. Buscando sarapes de Saltillo de forma permanente. Me gustan mis ocios.

POR VALENTINA ORTIZ MONASTERIO

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@VALEOM

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