Números, números, números

Hace tiempo me he venido preguntando aquí en El Heraldo, sobre el día después. La cuarentena, el quedarse en casa es más fácil que el regreso

Pedro Ángel Palou / El Heraldo de México

Nos hemos acostumbrado a los números, a las cifras que por acumularse dejan de decirnos cosas. Son millones los infectados, son cientos de miles los muertos. Cada día leemos nuevos datos, acumulamos solo la suma, no lo humano. No porque no podamos entenderlo, al contrario, por miedo, por que sabemos que muchos a quienes queremos o conocemos al menos han padecido ya el Covid-19.

Hace tiempo me he venido preguntando aquí en El Heraldo, sobre el día después. La cuarentena, el quedarse en casa es más fácil que el regreso. De ese no sabemos nada, por la incertidumbre, por el pánico, por la incompetencia de las autoridades y también por que no todos quienes nos rodean son responsables, actúan en consecuencia y al menos llevan una máscara en la calle. La revista digital Slate preguntó a 6 mil estadounidenses con qué actividades se sentirían cómodos o incómodos una vez que sus estados reabrieran. Algunas de las respuestas son las esperadas, pero otras asombran por lo desmesurado de los números.

Por ejemplo: 43% de los encuestados no regresaría a su oficina por ahora, aunque su trabajo reabriera (sumado al 20% que no sabe, es un 63% de personas que no están del todo dispuestas a regresar al trabajo al día siguiente). 44% no iría al barbero o al estilista, 41% no iría al supermercado y prefiere que le traigan la compra a casa. En cambio, el 61% sí iría al dentista a un chequeo de rutina (algo que yo mismo he pospuesto por miedo). 54% de las personas votaría en persona en urnas normales, no por correo.

     Donde los datos se vuelven más interesantes -y siempre estamos hablando de la clase media norteamericana, claro- es que el 65% no contrataría a una niñera, el 61% no mandaría a sus hijos al preescolar o la guardería y el 44% no dejaría que sus hijos regresaran al colegio, desde la primaria a la preparatoria. Los campamentos de verano, menos (83% no mandaría a sus hijos a un campamento con dormitorio y el 66% ni siquiera a un campamento de día). 46% no comería en un restaurante, ni en la parte exterior y el 73% no entraría a comer a un restaurante cerrado.

    Más aún, en la socialización más cercana: el 64% de las personas no haría una cena en su casa, el 59% no iría a cenar a la casa de un amigo y el 89% no haría una fiesta en casa. ¿Cuánto cambiarán por un tiempo nuestros hábitos? ¿Saludaremos a nuestros amigos de beso y abrazo? ¿Le daremos la mano a un desconocido? El 89% de los estadounidenses no lo haría. Así como el 70% no se subiría a un avión. Es absolutamente desconcertante pensar que los conciertos, los museos y otras actividades cotidianas tampoco regresarán a la nueva normalidad -o como dijo en su terrible lapsus el secretario de salud, la nueva mortalidad-, más del 60% tampoco iría a ninguna de esas actividades.

Si somos claros, 6 o 7 personas de cada 10 no haría las cosas que hacía normalmente en ese pasado remotísimo -del que apenas han transcurrido nueve o diez semanas, según el caso-, y el mundo difícilmente se recuperará pronto de la pandemia, incluso si pensamos en la posibilidad de una vacuna pronto, de estudios de anticuerpos universales, de pruebas al servicio de toda la población. En mi caso, en la universidad, los profesores y los maestros tienen más miedo que los alumnos, pero todos están preocupados por saber qué ocurrirá en septiembre. La educación universitaria que implica vida residencial tendrá que cambiar radicalmente si no queremos que se trate más que de centros educativos de enormes platos Petri donde el virus incubará y eso nos haga presenciar escenarios dantescos. De hecho, la mayoría de los científicos nos están ya previniendo contra un segundo posible brote en el otoño o inverno aún más terrible que el que hemos vivido estos meses. Frente a esos posibles escenarios la cautela vale más que la terquedad. Entendemos todos que la economía está colapsando y que muchas de las empresas -incluidas las educativas- verán un retroceso inédito. Es mejor ser flexible que arrepentirse más tarde.

Mi pregunta entonces en este viernes para mis lectores es múltiple. Hagamos un ejercicio colectivo, respondan en sus comentarios qué piensan. ¿A qué actividades se arriesgarían? ¿Qué les da de plano tanto miedo o inseguridad que no desearían en el futuro próximo tener que hacer? No es un ejercicio retórico.

POR PEDRO ÁNGEL PALOU
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