Nuestro sometido ejército

A 13 años de que salieron de cuarteles, los militares se encuentran lejos de hallar el camino de regreso

Carlos Zúñiga
Carlos Zúñiga / Acceso libre / El Heraldo de México

Muy duras las imágenes que llegaron desde Guerrero la tarde del jueves. Registraron lo ocurrido después de un enfrentamiento en la comunidad de El Balsamar, en el municipio de Leonardo Bravo, en plena zona serrana. Un soldado yace en el suelo con la cabeza sangrando a consecuencia de un balazo. Alrededor de él caminan, alterados, otros militares con la insignia de la Guardia Nacional y policías municipales. En unos cuantos segundos se percibe mucho nervisismo y adrenalina. Ante la falta de una ambulancia, uno de ellos ordena subirlo a una camioneta del nuevo cuerpo de seguridad.

Nada se pudo hacer por ese soldado, quien junto a otros dos murió luego de ser emboscados a la hora que llevaban a cabo recorridos para erradicar plantíos de amapola, según informó la Sedena.

Trece años después de que fueron sacados de sus cuarteles para enfrentrar a los delicuentes, los integrantes del Ejército se encuentran lejos de hallar el camino de regreso.

El verano que recién termina será otro para no querer recordar. Pero quedan allí otros ataques a los militares, como la agresión que sufrieron el mes pasado por parte de los pobladores en Los Reyes, Michoacán, o el de principios de este septiembre en Acajete, Puebla. En ambos no fue necesario más que palos de escoba y piedras para replegarlos. Queda registro también del ataque en San Juan del Río, cuando militares recibieron agresiones de una turba que estaba saqueando un tren. Son al menos una docena de casos similares.

Golpeados, retenidos, usados como moneda de cambio, los militares han tenido que aguantar humillaciones, porque la orden que salió desde Palacio Nacional es no responder a las embestidas de pobladores. Sólo pueden defenderse cuando los ataques son directos con armas de fuego, en el extremo límite de perder la vida.

La Secretaría de la Defensa Nacional es muy cuidadosa a la hora de revelar las cifras de sus elementos caídos en el cumplimiento de su deber. En los sexenios de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto hubo 542 bajas (sin contar las de la Marina). Además de los fallecidos hay soldados que quedaron con secuelas de por vida o incapacitados.

La Sedena había advertido que no se tolerarían más agresiones a sus elementos y que se actuaría en su legítima defensa conforme a los principios del uso de la fuerza para proteger la vida e integridad física de los miembros de las fuerzas armadas. Luego instruyó a sus efectivos a intensificar en entrenamiento en el uso de tolete y gas lacrimógeno para la contención de multitudes.

Ayer los legisladores de Morena presentaron un reforma que modifica el Código Penal para castigar con tres años de cárcel a la persona que lesione y ponga en riesgo la vida de integrantes de las Fuerzas Armadas. De aprobarse, lo importante es que esas leyes se cumplan.

Si bien las muertes de militares son mucho menor a las de civiles, el papel de cada uno es muy distinto. Los soldados no eligieron, los delincuentes sí.

Ya va siendo hora de ponerse más de su lado.

POR CARLOS ZÚÑIGA PÉREZ 

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@CARLOSZUP

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