No sucumbió la eternidad

No sucumbió la eternidad, primer documental de Daniela Rea, se presentará este jueves en el Festival de Cine de Morelia

No sucumbió la eternidad

El espíritu de solidaridad que despertó tras los temblores de septiembre revela a una sociedad no apática ni distante de los conflictos del otro. Pese a todo, no estamos paralizados. Resistimos. Protestamos. Compartimos el dolor e intentamos ayudar a mitigarlo, aunque hay sensaciones insondables, como el dolor de una familia que busca a  uno de los suyos, a cada minuto y en todas partes.

En estos años de violencia y relatos irracionales nos hemos acostumbrado a llamarlos, seca e impersonalmente: los desaparecidos.

Como si hubieran dejado de existir de pronto. Como si no hubiera un Estado protector que respondiera por esas vidas desvanecidas como viento. Treinta mil personas desaparecidas en una década. A esas tragedias podemos ser indiferentes. A las vidas que fluyen sobre la misma vereda donde otra vida se truncó de tajo y otras vidas se sacudieron. 

En abril de 2011, en los días en los que el país se estremecía con la noticia de los 72 migrantes encontrados en fosas clandestinas en Tamaulipas, la periodista Daniela Rea llegó a visitar a Liliana.

Liliana era pareja de Arturo, de 35 años, quien desapareció en agosto de 2010 con su hermano Axel, de 21, en la frontera de Tamaulipas. Ella tenía cuatro meses de embarazo.

Esa mañana que Rea llegó a visitar a Liliana, León, de dos años, hijo de ambos, estaba dormido. En Nadie les pidió perdón, un libro de historias de impunidad y resistencia, Rea escribe:

Quizá porque el bebé dormía en la recámara, el silencio era tal que podía escuchar la corriente eléctrica del refrigerador. Pero había algo más, una especie de vacío que se metía al cuerpo y lo habitaba por completo, sin dejar espacio. Así era la espera de Liliana.

Rea presentará No sucumbió la eternidad, su primer documental, este jueves en el Festival de Cine de Morelia. Narra la vida de dos mujeres cuyas vidas y las de sus familias son alteradas por una desaparición: Liliana, la compañera de Arturo, y Alicia, hija de Alicia de los Ríos, una mujer desaparecida por el Estado en los años 70.

Rea, directora y guionista, narra de manera sutil y cercana cómo transcurre ese tiempo borrascoso en el que se siguen los rastros y se espera en medio del dolor de la ausencia y la urgencia de la vida que continúa; la batalla inagotable de quien investiga porque no lo hace nadie más; la ausencia en la piel: en una hija que reclama a su madre haberla abandonado cuando se la llevaron hace 38 años y un niño a quien su madre decide contarle que su papá, el de los brazos con tatuajes de Samurais, ya no está con ellos porque un día unas personas se lo llevaron.

No sucumbió la eternidad ilumina una parte sensible e indispensable de una sociedad rota en estos años de violencia y nos enseña que la respuesta a lo que miles han vivido se encuentra en ellos mismos –en la sociedad– y en sus historias de lucha diaria por reinventar y reencontrar sus vidas.

Rea logra acercar al espectador a los pensamientos, las dudas, el dolor, las resistencias y las decisiones de quienes viven una espera agonizante, ese tiempo que la periodista describe como una especie de vacío que se mete al cuerpo y lo habita por completo, sin dejar espacio.

En palabras de Rea, el documental ofrece discursos no legitimados públicamente. Otras formas de sobrevivir, de resistir. Y su idea es que al ser  tan íntimas y personales, sean también escuchadas como políticas.

No sucumbió la eternidad no es un documental de protesta, de exigencia, de denuncia, pero tiene una clara intención política.

 

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