No más corazones rotos (Parte II)

Lisboa tiene un aire melancólico. Lo notamos tan pronto salimos rumbo al bar que sugirió bruno, el conserje que no invitamos a nuestra fiesta

Atala Sarmiento / Anecdatario / Heraldo de México
Atala Sarmiento / Anecdatario / Heraldo de México

Determinadas a pasarlo increíble, Lara, Rosa y yo nos dirigimos al supuesto bar del momento. Llegamos a la famosa puerta roja antigua en donde teníamos que dar una contraseña para acceder y nos introdujimos en el lugar que nos habían presumido como lo más exótico y trendy de la ciudad. Nunca han visto nada igual dijo Bruno quien, además, nos prometió que esa noche seguro estaría una banda de jazz tocando en vivo.

Expectantes e impresionadas comenzamos a recorrer el sitio. Parecía, más que un bar de moda, el palacete de un obsesivo coleccionista de antigüedades de todo tipo. La mansión se dividía en varias habitaciones de techos muy altos iluminadas por candiles de cristal antiquísimos. Las paredes estaban forradas de piso a techo de vitrinas de cristal llenas de repisas con todos los objetos imaginables. Cada habitación tenía un color y una temática distinta de modo tal que había un cuarto lleno de muñecas antiguas, otro de juguetitos militares, otro de radios, cámaras y megáfonos. Era extravagante, peculiar y hasta tétrico; no entendíamos el concepto ni la pobre concurrencia de señores mayores hablando a gritos en portugués.

Nos mandaron al fondo de la casona a una habitación en donde no había nadie más que nosotras. Preguntamos por el grupo de jazz y resultó que esa noche, por ser domingo, no sólo no había música en vivo sino que no había ni música en ese salón, así que las promesas de Bruno se iban desmoronando una a una.

De pronto, al fondo, vimos cómo dos chicos altos se acercaban a la mesa. Eran nuestros nuevos amigos de la tripulación del avión. Como adolescentes emocionadas alargábamos el cuello a ver si venía detrás de ellos el piloto del avión que era quien más nos ilusionaba: ¡una decepción más! Sólo ellos que tampoco entendían qué hacíamos los cinco en ese lugar tan inusual.

Después de un rato de buenas risas escuchando las cosas inverosímiles que suceden a bordo de un avión, decidimos abandonar el lugar y a nuestros nuevos amigos. Muy atentos nos acompañaron hasta la puerta de nuestro hotel como caballeros de los que ya no existen. Imagino que fue allí cuando ellos fueron presa de la decepción porque nos despedimos para siempre. Aunque Rosita dejó una vela encendida al haber intercambiado teléfonos.

Así que ni bar del momento, ni jazz en vivo, ni piloto guapo contándonos sus aventuras en el aire, ¡ni nada! Sólo la osadía de habernos lanzado a un lugar desconocido a tomar algo con unos desconocidos. Para ahorcar a Bruno, pero culparé a nuestros corazones rotos de semejante imprudencia; aunque eso sí, las risas nadie nos las quitará nunca.

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@ATASARMI

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