No me llamo Barbie

Cuando cumplí 16 años decidí ya no comer o por lo menos comer lo menos posible, la gente me preguntaba si era porque estaba triste por haber perdido a mi mamá...

La verdad es que quería verme como las chicas de las revistas… mientras más parecida mejor. A pesar de haber sido delgada, siempre, al crecer, mi cuerpo generó caderas, piernas, lo odiaba… prefería ser delgada, me parecía elegante y cool, nada mejor que unos jeans talla cero que me quedaran aguados, aunque el costo fuera ser un zombie que deambulaba sin una gota de energía.

A pesar de haber crecido sin una sola muñeca Barbie precisamente porque mis padres pensaban que era introducir un estereotipo irreal en la cabeza de una persona que ni siquiera se ha formado como individuo, no me pudieron salvar de lo demás: las chicas perfectas de los anuncios de piernas infinitas y miradas ausentes, con la ropa siempre holgada y los pómulos marcados, están en todos lados y me haría falta crecer mucho para darme cuenta de que no están ahí por casualidad, alguien las puso y el mensaje es muy directo: tienes que verte como ellas para aspirar a ser alguien, para ser bella y en una sociedad que compra la belleza a cambio de un estilo de vida serlo lo es todo.

Basta con analizarlo muy poco para entender que mientras las mujeres tenemos menos tiempo y opciones de llevar una vida sana, la exigencia de delgadez es enorme, de esta manera hay que comprar pastillas, geles, fajas, aparatos de ejercicio, entrenadores, gimnasios, una industria interminable para lograr acercarse un poco a ese ideal de belleza que es directamente proporcional a una enorme crueldad, en donde sería imposible verse así y tener la energía de llevar el ritmo de trabajo y vida que la mayoría tenemos.

Alguien controla esa industria de la belleza y mientras lo hace, te controla a ti en uno de los aspectos más determinantes de tu existencia: el cómo te ves y, por ende, te sientes a ti misma.

Al entrar a estudiar actuación me di cuenta de que había una chica que tenía el mismo problema que yo, no comía o comía muy poco, al paso de los días, conforme las clases se fueron intensificando a la par de mucho ejercicio físico yo empecé a comer más y más, y comprendí que si quería hacer algo en esta vida… lo que fuera, necesitaba fuerza y, por ende, comida, la otra chica fue expulsada de la escuela porque, decían, le faltaba presencia.

Entré a un baño y me vi directamente a los ojos, me reconcilié con todo esto que sí soy, juré que a mí nunca me faltaría presencia ni energía, ni risas o sonrisas que me hicieran caminar por ese difícil camino de aceptación que conlleva tantísima valentía, pero está intrínsecamente ligado a cumplir nuestro destino: conocernos a nosotros mismos, arrancando inseguridades para cubrir cada no de afuera con miles de si internos que griten desde el fondo de nuestro corazón que nos queremos fuertes, sanas y empoderadas, no en el reflejo de una Barbie de media sonrisa, sino en el de mujeres reales dispuestas a crear caminos propios sembrados de aceptación propia que rendirán frutos poderosos en otras en las que germine esa semilla de amor, no ese romántico y dependiente que es el que más nos enseñan a nosotras, la secreta llave de la libertad personal: la del amor propio.

 

Columna anterior: Anfibios de clóset

 

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