No al silencio

Recuerdo a Javier Valdez riendo, guiando como un aliado indiscutible de los periodistas que durante décadas llegaban a Sinaloa intentando comprender el narcotráfico

La noticia se disipó como un rumor en la redacción, con un nombre que no me decía nada: Jesús. Mataron a Jesús Valdez, en Sinaloa, dijo un colega. Jesús Javier Valdez, agregó entonces. No podía ser. Su teléfono aún sonaba. No mandaba a buzón. Sonaba. ¡No podía ser!

En Internet, la imagen feroz del cuerpo tendido bajo el sol inclemente de Culiacán, cubierto con un plástico azul y su sombrero, su sombrero omnipresente, su sombrero que Javier no quería quitarse durante las entrevistas, su sombrero de las presentaciones, de las coberturas, su sombrero que era su imagen de llanero solitario, de caballero andante.

Quiero hablar con ella, me dijo en su oficina el año pasado, unas horas después de que entrevistáramos para Univision a Emma Coronel, la esposa de Joaquín El Chapo Guzmán. Luego explicó durante una hora por qué consideraba que ella mintió en sus declaraciones, por qué el hecho de que no tuviera cuentas bancarias, ni casas a su nombre, era una muestra de la sofisticación de los cárteles, por qué la cultura del narco en Sinaloa era una parte indivisible de la sociedad. 

Mientras hablaba, con la voz tranquila y las manos sobre las piernas, desglosó las verdades del periodismo en tierras del narco. Los políticos son lo más peligroso, dijo al terminar de grabar. Antes rehuyó mencionar ciertos nombres en la guerra del cártel de Sinaloa porque todavía no son públicos.

Luego le pedí que posara a la cámara leyendo Ríodoce. Acostumbrado a las entrevistas, señalaba muy serio a otro colega un mapa con las zonas de Culiacán donde harían una cobertura imaginaria, mientras le decía, en voz bajita: más te vale que vayas, eh. Se reía, se burlaba de todos, se burlaba de sí mismo.

La redacción de Ríodoce es un pequeño espacio de cuatro habitaciones, donde una está dedicada a acumular semanarios atrasados. Un aire acondicionado ronronea en una esquina, la hija de una colega mira caricaturas en la misma computadora en la que horas más tarde se teclearán las crónicas de la sangre, muerte y corrupción de una sociedad que copula con el narco, como la describía Javier. 

Allí le recuerdo, riendo, guiando, como un aliado indiscutible de los periodistas que durante décadas llegaban a Sinaloa intentando comprender el narcotráfico en la zona.

¿Estaba asustado, le habían amenazado? pregunté a un familiar suyo, quien me confirmó el asesinato. No me dijo nada, ya sabes, él no dice nada. Los colegas dicen que sí estaba asustado, que decía que la cosa estaba muy caliente, que ya no quería dar entrevistas.

A Javier le sobrevive un gremio que le reconoce como una voz indispensable, como una guía indiscutible. Es un gremio que padece fisuras internas, que difiere entre la posición de gritar o callarse, cuyas divergencias radican a veces, también, en la ley de plata o plomo, o en la autocensura que solo se explica con el miedo.

Un gremio al que Javier repitió, cada vez que pudo: no al silencio.

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