Neo-diálogo

Ojalá en México empecemos a regresar a lo básico de la política y la convivencia cotidiana

Javier García Bejos / El Heraldo de México

No hay aventura intelectual más importante que dialogar. Al hacerlo, se corre el riesgo de cambiar de opinión, incluso, existe la posibilidad de que en el intercambio de ideas se abandonen las propias cuando existen argumentos poderosos. Dialogar construye espacios comunes que han sido, desde la época de Platón, esa plataforma para convertir planteamientos encontrados en acuerdos, en donde se fomenta el deseo de aprender y se hace del conocimiento un bien para todos.

Hoy dialogar resulta complejo. Paradójicamente, existen múltiples canales y capacidad para comunicarnos, pero de repente se ha vuelto imposible generar una conversación alejada del insulto o la frivolidad.

En la comodidad de las redes sociales, la política carece de razonamientos esenciales; simplemente nos aventamos al vacío de argumentos y entramos a la descalificación con facilidad.

Es más, ahora parece que lo fundamental es lo maniqueo, los buenos y los malos, los que tienen razón y los que mienten. Sobre todo, parece que hoy todos gritamos, pero nadie genera ese diálogo tan necesario en momentos complejos.

Reza la sabiduría popular que hablando se entiende la gente, y ojalá en México empecemos a regresar a lo básico de la política y la convivencia cotidiana. No podemos encontrar soluciones descalificando y generando adjetivos que etiquetan posiciones, como si los mexicanos que no están de acuerdo con algo tuvieran que ser excluidos. En mi opinión, los únicos apartados de la conversación deben ser los miserables ladrones y asesinos que nos han arrebatado la tranquilidad.

No podemos progresar pensando que en Twitter se establecen posiciones y que con hashtags, de un bando y de otro, jugamos a hacer política, dejando de lado la posibilidad de construir espacios comunes.

Estos espacios son los que en otros momentos difíciles de nuestra historia ayudaron a que tuviéramos puntos de partida y consensos incluyentes.

Esos acuerdos, además, fueron capaces de reconocer sus limitaciones para convertirse en hojas de ruta, no en fallidas transformaciones labradas en piedra que no admiten nada ni a nadie que desde fuera tenga una opinión.

Los oídos sordos son graves y los gritos no escuchados lastiman profundamente el ánimo que empieza a desconfiar y pierde esperanza, ese ánimo que, insisto, tiene tanto que aportar a esta etapa de la vida nacional.

El diálogo generoso es aquel que construye verdades y aleja a la política de la hipocresía, pero decía también Arendt que nadie ha puesto en duda que la verdad y la política están más bien en malos términos y nadie, que yo sepa, ha contado a la veracidad entre las virtudes políticas.

Sin embargo, aun viviendo en esta ausencia de verdadero diálogo y en este espectáculo de las verdades a la medida, los ciudadanos debemos demandar y construir esas conversaciones que necesitamos con urgencia.

Además, la prensa debe hacer preguntas a la altura del país y los políticos deben retomar esa convicción que motiva su actividad misma: debatir y construir para todos. No hay más.

 

Por JAVIER GARCÍA BEJOS

COLABORADOR

@GGARCIABEJOS

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