#FuerzaMéxico

No existen diferencias cuando las personas se topan frente a un mundo que los necesita, que les pide reconecten y se hagan cargo de esa familia llamada humanidad


Crecí en aquel cruce de Barranca y Revolución a lado del Metro cuyo monstruo naranja era capaz de hacerme cruzar la ciudad en minutos. Mi mamá solía elogiar lo efectivo de este transporte, yo odiaba ir pegada a miles de cuerpos desconocidos que muchas veces hacían imposible mi entrada o salida de las estaciones. Dicen que sucede un fenómeno extraño en cualquier especie que sobrehabite un terreno, como medida de protección estos especímenes evitan el contacto visual directo a modo de proteger en algo su espacio vital. Eso sucedía cada día en horas pico, yo clavaba la mirada en el suelo o a la línea de estaciones evitando cualquier contacto extra, al igual que la gente que me rodeaba. Pero creo que nos acostumbramos a ignorarnos en general, en momentos en los que el espacio sólo se comparte, en calles, en cines, en todos los lugares en los que coincidimos que cuando se vive en una ciudad enorme como la CDMX son todos.

Con el crecimiento de redes sociales nos juramos estar más conectados que nunca a la par que crecían etiquetas sociales para todos, así implementamos palabras como hípster, chavo-ruco, mirrey, chaca y miles de términos basados en el enorme prejuicio a la diferencia, a la desconexión y el señalamiento brutal de todo lo que nos separa. Parecía normal, aunque avivaba esa sensación de hastío e indiferencia que pareció en un momento casi imperceptible.

Impresionante romper cada precepto antes mencionado de lo que me parecía actuar normal tras ser sacudidos literal por la tierra que pidió a gritos entrelazáramos nuestros corazones al recordatorio de vulnerabilidad más doloroso y transformador que han visto mis ojos. Resulta que los conceptos, todos, estaban equivocados, no existen diferencias cuando las personas se topan de frente a la realidad de un mundo que los necesita, que les pide reconecten y se hagan cargo de esa única familia llamada humanidad, donde el prejuicio no cabe porque el otro resulta ser sólo tú en un momento diferente de este juego tan absurdo llamado vida.

De pronto sólo vi lo mejor de las personas, pude ver cómo la gigantesca colmena en la que vivo es habitada por millones de seres compasivos, altruistas, valientes capaces de dejarlo todo y entregarse por el otro. Por aquellas pupilas que estuvimos desde siempre evadiendo y resultan ser el verdadero motor que hace que nuestra propia existencia cobre valor, el de entender que esa masa en realidad nunca fue tal, sino una red familiar donde no existen extraños si no madres, vecinos, niños, amigos, mascotas, hogar de quien cansado de huirle a su familia decide volver y en ella recuperarse.

 

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