Angelito peludo

Hace 8 años entré a mi casa y había unos ojitos negros enmarcados por una cabecita diminuta mirándome, tenía orejas puntiagudas y una cola muy pequeña


Era el cachorro más gracioso y frágil que había visto jamás, era chiquitita y por azares del destino era mía.

Tita llegó a mi vida como todo lo que es valioso y llega a cambiártela para siempre, sin pedirlo, sin planearlo, sólo sucede y a la par de que pasa abre tu corazón.

De ella aprendí demasiado… que no hay que tener miedo al amor porque hay amores que nunca se van, qué hay seres que son pequeños por fuera, pero gigantescos por dentro, que amor es querer estar para el otro y que hogar es donde está tu corazón.

Lo compartimos todo juntas y nos conocíamos a la perfección.

Trabajos, casas, novios, peripecias y años pasaron, pero nosotras nos mantuvimos siempre juntas, siempre sabiendo que no importaba lo que pasara o donde termináramos, por lo menos siempre estaríamos juntas con su diminuta cabeza descansando en mi regazo, con su pequeño corazón latiendo contra el mío.

Tita rompió mi miedo al compromiso, mi necesidad casi compulsiva a sentirme libre de hacer lo que quiero cuando quiero, ella no me pidió nada y de pronto quise dárselo todo, lo que tenía, lo que no, pero podía conseguir. Quería cuidarla, mimarla y me imaginaba esforzándome mucho y logrando cosas, que hicieran un hogar para las dos, tal vez más adelante un jardincito para ella. Hizo que quisiera ser mejor, que creciera, no creo que jamás se diera cuenta de nada. Ella sólo me entregó amor y yo lo correspondí con todo lo que soy qué tal vez ni comprendo. Quien ha abierto su corazón a angelitos peludos como Tita sabe de lo que estoy hablando. Saben que en efecto suavizan tu alma y te cambian.

Hace unos días la perdí, la atropelló alguien que manejaba a toda velocidad e iba viendo su celular y ni siquiera se dio cuenta… se llevó un pedazo de mí, tal vez uno de los que más me gustaban, uno que estaba conectado de manera irremediable a un corazón no más grande que una almendra.

A pesar de haber perdido seres muy amados a lo largo de mi vida, nunca les puedo llorar, algo se atora, pero con Tita fue diferente, pude cubrirle la cabecita de besos y de lágrimas, pude agradécele cada día qué pasó junto a mí, pude despedirme y a pesar de sentir el hueco de su ausencia anidarse en mi corazón, saber también que estaríamos unidas por siempre por un hilo invisible que se llama amor.

Ese era el miedo que sentí desde la primera vez que la vi… no el de perderla, el de saber que habría una Natalia antes y una después de que sus ojitos negros me miraran, de sentirla tan cerca y saber que estábamos conectadas, de entender que la lección más grande que alguien, te puede dar es la de amar desinteresadamente y ser amado de la misma manera.

A ella agradezco la lección y le doy gracias mil veces por haberme acompañado…por haberme cambiado.

Hasta pronto, querida amiga

¡Gracias infinitas, querida Tita!

 

Columna anterior: Juntos cuando nos conviene

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