Mi amiga Baja California

Celebrábamos entre carcajadas la iniciativa de una marca de coches de matrimoniarse con la cocina y el vino mexicano

Valentina Ortiz Monasterio
Valentina Ortiz Monasterio / Nube viajera

Como pasa con todos los que llevo, a todos los que les platico y con todos los que tocan esa tierra, el Valle de Guadalupe seduce. Tiene un halo encantador, ya lo he dicho, y me gusta esa tierra porque adoro esos atardeceres, porque cerca están los más increíbles abulones y porque los amigos son de verdad.

Cada vez que imaginas un proyecto, Valentina, -me ha dicho muchas veces un adorado amigo chilango mudado a Baja California– sucede. No siempre, pero casi, por obstinada, por comprometida con las cosas en las que creo y porque lo que mejor me enseñó a hacer mi papá, además de querer, es trabajar.

Compartí esta semana una mesa con amigos de Baja California, por primera vez, en un restaurante en la Ciudad de México. Benito y Solange, tantas historias que contar de ellos, pero sobre todo tantísimo cariño y admiración a cocineros a los que respeto profundamente y que tienen el mejor tiradito del planeta. Estaba Diego también, con esa sonrisa que me fascina casi tanto como su cocina -él lo sabe, y Corazón de Tierra me ha hecho llorar de emoción-. Y para hacer el momento redondo, Fernando, amigo, cómplice -sí, sin celos por favor-, y soñador de vinos, Finca La Carrodilla y La Lomita son bodegas que me gustan tanto como sus vinos y la pasión de su propietario.

En el centro de la mesa había ostiones volados en avión y un tartare que, aunque no se come con la mano, me gusta mucho. Celebrábamos entre carcajadas la iniciativa de Volvo Cars México de matrimoniarse -en todo en sentido de la palabra- con la cocina y el vino mexicano y aliarse con Ensenada y sus valles vitivinícolas. Chapeau a la marca.

Los veía a todos y pensaba, es gente que quiero por su corazón, pero sobre todo por su talento. Emociona verlos trabajar, cada uno desde su trinchera y hablar tan orgullosamente de la tierra en la que viven y de la que todas nuestras hijas -porque son todas mujeres– ya hablan como si fuera la tierra prometida. Porque esa zona de atunes, salicornias, vino e inteligencia, es la tierra prometida.

Quizá uno de los mejores cumplidos que he recibido en la vida me lo dijeron los de esa mesa cuando en público se refirieron a mi como casi local. Pienso en el futuro en mi hub del Veneto y de verdad lo deseo, pero, híjole, mi corazón, profundamente, pertenece a viñedos, sueños, amigos y una vida bajacaliforniana. Nos vemos por ahí en 20 años, cuidando gallinas y viendo arreboles en cielos rosas.

 

Por VALENTINA ORTIZ MONASTERIO
@VALEOM

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