México y la Seguridad Internacional


Mexico debe diseñar su papel en el mundo, específicamente en cuanto a la seguridad internacional, para dirigirse a un destino en vez de reaccionar a eventos.
Las amenazas evolucionan. Los Estados que sobreviven no son los más fuertes, sino los mas adaptables a nuevas circunstancias. La clave es el análisis prospectivo que permite anticipar escenarios futuros. Junto con una sólida planeación, el futuro y las amenazas son controlables.

Esta línea de pensamiento prospectivo y propositivo choca con el reactivo, que busca ajustar la realidad al pasado o cuando mucho a una amenaza inminente, lo que resulta en una adaptación torpe, lineal, cara y poco eficaz.

En un afán por flexibilizar el pensamiento reactivo, quienes han planeado el futuro de México han apostado por diseñar estructuras y leyes ambiguas y multiusos, que se presten a múltiples interpretaciones de acuerdo a la circunstancia incierta. Son leyes escritas por gente también ambigua, tibia.

En materia de seguridad internacional la participación de México ha sido ambigua, limitada por la doctrina Estrada, una política basada en el respeto al derecho ajeno, la autodeterminación de los pueblos y la no intervención externa, pero de reacción a un pasado de derrota y humillación. Habrá desde luego diferentes interpretaciones, que otorga la flexibilidad de lo ambiguo.

En septiembre de 2014 el Presidente Enrique Peña Nieto dio un paso significativo para alejarse de esa doctrina, al anunciar la participación de México en las Operaciones de Mantenimiento de Paz (OMP) de la ONU, y reposicionarse como actor con responsabilidad global. Este rompimiento pasó relativamente desapercibido, ante la magnitud de la reforma energética. Pero es uno de los grandes cambios hacia el futuro, al permitir que México adopte estándares de seguridad mundiales. Participar en misiones en el extranjero obliga a enfrentar problemas también de nivel mundial, y las lecciones aprendidas deberán ser analizadas e integradas para fortalecer la doctrina mexicana. Es el inicio de un largo camino.

Aunque la actual administración ha mostrado interés por reposicionar al país en el concierto global, ha sido relativamente cauta. En 2014 la Cancillería indicó que la participación seria gradual y así ha sido. En marzo de 2017, hay 124 países que contribuyen con 97,774 cascos azules a 16 misiones internacionales -un promedio de 788 personas por país-. México es el 74 en la lista, con 35 tropas en tres misiones: MINURSO (Sahara Occidental), MINUSTAH (Haití) y UNMC (Colombia, la más numerosa, con 25 militares). El siguiente paso (gradual) sería desplazar contingentes a nivel compañía (150 hombres) y batallón (600 o más). La participación en volumen es importante, pues con los filtros mencionados ayudaría a refrescar la doctrina de las fuerzas armadas mexicanas, demasiado enfocadas a lo interno, lo que genera un cierto nivel de ceguera operacional.

Si bien las OMP son un cambio emblemático, la seguridad internacional tiene más dimensiones, particularmente a nivel regional. Ahí también se han dado avances: A fines de abril, SEDENA y SEMAR fueron anfitriones de la 5ta Conferencia de Seguridad de Centroamérica y a finales de junio, México asumirá la Presidencia pro-tempore de la Junta Interamericana de Defensa, el organismo de asesoría militar de la OEA en Washington.

La dinámica de defensa y seguridad compartida con Estados Unidos debe seguir adelante, pese a la retórica del actual mandatario estadounidense. SEDENA y SEMAR han establecido enlaces con distintos comandos y fuerzas; la clave está en profundizar en los niveles operativos de una relación cuya evolución natural es la integración al sistema de Defensa Aeroespacial de Norteamérica (NORAD), un extenso sistema de radares y aviones establecido por Estados Unidos y Canadá para prevenir un ataque soviético. Desde 2006 añadió la dimensión naval, para vigilar las aproximaciones marítimas a la región. Que México se conecte con un sistema de monitoreo y vigilancia tecnológico de esas dimensiones ayudaría a tener una imagen común de Norteamérica.

¿Cuál sería la contribución de México y que tendría que priorizar? México tiene un moderno sistema compuesto por cuatro radares en la frontera sur y uno aerotransportado, el Sistema Integral de Vigilancia Aéreo (SIVA), que cubre el 32% de su espacio aéreo. El Plan Nacional de Desarrollo 2013-2018 incluye la adquisición y funcionamiento de cinco radares más y un centro de control para la frontera norte, para una cobertura del 72%. Pero el proyecto está en pausa por falta de recursos.

Paralelamente, la defensa aérea de México esta constituida por el Escuadrón 401, que tiene seis interceptores F-5 Tiger II, y solo tres están operativos. En todo caso, México debe mejorar su capacidad de defensa aérea.

Alguno escépticos opinan que la amenaza al espacio aéreo Mexicano viene del sur –en forma de avionetas cargadas con droga (y armas)- pero también hay una amenaza aérea en la frontera norte: los aparatos que regresan ¿cargados de? ¿armas y dinero?

El tráfico de armas y munición de EEUU a México es, sin duda, la amenaza existencial más directa para los mexicanos. México debe desarrollar su propio sistema de alerta y monitoreo en contra del tráfico de armas que necesariamente debe de ir mas allá de medios tecnológicos, para incluir operaciones humanas.

De la misma manera que Estados Unidos desplaza agentes de campo en México y otros países para recabar información y asesorar operaciones en contra de los cárteles, México debe desplegar personal -en coordinación con sus similares de Estados Unidos- para investigar por ejemplo en los múltiples circuitos de venta de armas de fuego e identificar y prevenir las redes ilegales de suministro de armas. Asimismo, México deberá estrechar lazos e implementar programas similares y en proporción con Guatemala, Belice, Colombia y Perú.

¿Queremos pensar en grande? Más allá del hemisferio, si la meta continua siendo desarrollar a México como un actor significativo de responsabilidad global, la opción más clara es emprender el camino para estar en condiciones de solicitar adhesión a la OTAN. Será un camino de por lo menos 10 años, pero una década se pasa en un abrir y cerrar de ojos. Ése sería un cambio realmente sistémico que posicione a México en otra dimensión.

Por Iñigo Guevara

*Consultor de la compañía Jane’s basado en Washington DC

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