México, Palestina y el régimen internacional de los derechos humanos

Las relaciones entre México y Palestina se inscriben en el marco de una combinación de nuevos jugadores y desafíos en el tablero internacional, y asimetrías de poder, que obligan a preguntarnos sobre el futuro de las normas e instituciones de derechos humanos.

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*Tercera Parte

Las relaciones entre México y Palestina se inscriben en el marco de una combinación de nuevos jugadores y desafíos en el tablero internacional, y asimetrías de poder, que nos obligan a preguntarnos sobre el futuro de las normas e instituciones de derechos humanos y más generalmente del respeto del derecho internacional. Las relaciones entre México y Palestina se asientan, también, en una tendencia común de calificar a gobiernos según una visión del mundo maniquea entre ideológicos y pragmáticos, por la que lo ideológico es malo y lo pragmático es bueno como guía para tomar decisiones de política exterior. Es una dicotomía poco funcional que no capta la multitud de factores necesarios para entender mejor las opciones, las decisiones y los procesos de cualquier política exterior, y en particular en las relaciones de México con Palestina y los palestinos.

El régimen de derechos humanos, si bien nunca ha sido perfecto, parecía descansar en un consenso, al tiempo que se manifestaba impermeable al cambio. Sin embargo, en los últimos años ha tenido una transformación rápida y profunda en maneras que parecen, por un lado, fortalecer la protección de los derechos humanos y, por otro lado, mermar esos esfuerzos de protección. Palestina y México no son ajenos a estas evoluciones y su contagio; más aún, en la medida en que ambos formamos parte de regiones estrechamente vinculadas con el sistema internacional y especialmente en el tema/la agenda de seguridad.

Así, hay factores que siguen distorsionando la realidad objetiva de los palestinos vinculada con la ocupación israelí. Uno de esos factores es el predominio de una narrativa que califica cualquier crítica a las acciones del Estado, el ejército o algún segmento de la sociedad israelíes como manifestación de antisemitismo (acusación que puede ser el fin de la carrera de un periodista o de un académico, a pesar de que, en virtud del derecho internacional, el apoyo a los derechos humanos y a la autodeterminación –también en Palestina- es justo y legítimo). Otro factor de distorsión hace suponer que el mismo número de palestinos y de israelíes padecen el mismo grado e intensidad de violencia y represión. En esa misma tónica, hemos visto que la muerte de civiles palestinos se deplora como daños colaterales de una supuesta legítima defensa (algo que no reconoce el derecho internacional); asimismo, se critican las divisiones de los palestinos y a éstos se aconseja en tono paternalista cómo lidiar con resignación (o sea, sin recurrir a las armas, aunque no tengan precisión milimétrica como sí la tienen los misiles israelíes) contra las vejaciones que padecen debido a la ocupación. Otro elemento de distorsión que se relaciona con la realidad palestina de manera cuestionable es el que repite la fórmula de que cuando haya paz se reconocerá al Estado palestino y no al revés, o que reduce la cuestión palestina a un problema religioso, del islam. Este tipo de pronunciamientos y recomendaciones se relacionan con la realidad de manera muy cuestionable. Nunca una manifestación pacífica o con lanzamiento de piedras ante uno de los ejércitos más poderosos del mundo ha disuadido al ejército israelí de bombardear todo un barrio con artillería pesada, detener sin juicio a miles de palestinos, llevar a cabo asesinatos extra-judiciales de líderes palestinos, confiscar y demoler casas, destruir árboles de olivo. Nunca las concesiones de Mahmúd Abbas (a partir de 2004) o, antes de él, las de Yasser Arafat (desde finales de los años ochenta hasta su muerte), evitaron que se siguiera humillando a la población palestina con check-points.

Conviene, pues, mantenernos conscientes de la realidad cotidiana objetiva de Palestina y su pueblo, ampliamente documentada por organismos internacionales y por ongs de diversos países, incluidas ongs israelíes. Para mexicanos y para palestinos, defender el régimen internacional de derechos humanos, como por la justicia social, la rendición de cuentas y sistemas equilibrados de representación es indispensable y definitorio. México conoce, como Palestina, la experiencia de los muros y pasos fronterizos que separan, envilecen, deshumanizan, excluyen y humillan. Como Palestina, nuestro país conoce los efectos contraproducentes que tiene recurrir a la militarización como solución automática, ciega, para reducir percepciones de amenaza. Ambas naciones exigimos el trato digno a nuestros trabajadores y prisioneros en el extranjero, políticos o no. Nuestros pueblos han sido y son objeto de distintos tabús y expresiones de racismo y estereotipos, que lamentablemente se anteponen al diálogo y a la comprensión. Todos estos son temas que ofrecen gran potencial para la cooperación bilateral, en el plano gubernamental y en el de nuestras sociedades. Además de acercarnos, también son problemas que nos obligan a mantener congruencia entre el discurso y la práctica de política exterior. Las normas —como las normas de la autodeterminación de los pueblos, los derechos humanos o las normas del desarrollo— pierden significado y sustancia a menos que se puedan traducir en hechos concretos; pero no sólo en mecanismos formales como tratados internacionales o principios, sino también y sobre todo en la voluntad y la capacidad de verificar de manera coordinada que esas normas que ya existen, primero se cumplan y, luego, que realmente hagan una diferencia en la vida de las personas de manera rutinaria.

No se alza la voz a favor de los derechos humanos de los palestinos porque se tenga un origen árabe o palestino, porque se sea de izquierda. La solidaridad con los palestinos, como con los migrantes centroamericanos o las poblaciones aterrorizadas de Nigeria o cualquier otro grupo vulnerable, es una causa justa, un ideal noble y una labor. Considerar ese trabajo una utopía (concebida distante so pretexto de la Realpolitik), o acusar a quienes lo hacen de ser antisemitas o de fungir como mensajeros de Hamás, es mostrar ignorancia, irresponsabilidad social, cinismo y enajenación moral.

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