México-Medio Oriente: algunas lecciones del gobierno de EPN

La política exterior mostró continuidad en sus líneas directrices, pero también ajustes

Marta Tawil / Agenda Levantina / Heraldo de México
Marta Tawil / Agenda Levantina / Heraldo de México

Explorar las relaciones de México con algunos países de Medio Oriente durante el gobierno de Enrique Peña Nieto revela mucho sobre la evolución de nuestra política exterior y el lugar de México en el mundo. Lo primero que destaca es que la trayectoria, visiones del mundo y peso político del Presidente y sus cancilleres, junto con la crisis social y política nacional desde finales de 2014, determinaron en buena medida el discurso y la práctica con Medio Oriente. Desde luego, las motivaciones y acciones del gobierno de Peña Nieto y la élite política (o la políticamente relevante) deben situarse en el contexto político y económico internacional. Segundo, hubo continuidad en las líneas directrices, y ajustes en el empleo de algunos instrumentos de política exterior. Además de extender la presencia de México mediante la apertura de dos nuevas embajadas (Qatar y Jordania), se ampliaron las relaciones comerciales. Tercero, en el ámbito de la implementación (conjunto de canales por los que la política se traduce en la práctica) hubo en ocasiones fallas de comunicación intraburocrática que se reflejaron en decisiones improvisadas o titubeantes, y en resultados vergonzosos, como ilustró la polémica por el voto ante la UNESCO (octubre 2016).

La agenda económica y el modelo de desarrollo de México se concretaron en una diplomacia económica particularmente asertiva hacia el Golfo Pérsico, además de que se avanzó en negociaciones para liberalizar el comercio con Jordania y Turquía.

La gira de Peña a la Península Arábiga en 2016 permitió dar saltos cualitativos con la firma de acuerdos interinstitucionales e instrumentos jurídicos para el comercio y la inversión. Con Jordania, se suscribieron distintos instrumentos para la negociación de un TLC cuando el rey Abdalá II visitó México en 2014.

En temas políticos, hubo gran pragmatismo, aunque se apoyó en gran medida en visiones cortoplacistas y personalizadas, así como en la influencia de poderosos grupos interés nacionales y transnacionales. Se profundizaron los vínculos con Israel, con visitas de Estado recíprocas y en acuerdos de cooperación militar, de inteligencia y seguridad cibernética. La alianza incondicional del candidato y luego presidente estadounidense Donald Trump y su mano derecha, Jared Kushner, con Israel fueron telón de fondo de comunicados discretos sobre la crisis palestina, que se acompañaron de reverencias entusiastas de Peña y sus cancilleres al primer ministro Benjamín Netanyahu y sus aliados.

En el ámbito multilateral, la estrategia mexicana de diversificar el comercio y las inversiones no pudo evitar tensiones, como cuando México otorgó la Condecoración de la Orden Águila Azteca al reino de Arabia Saudí. Este conjunto de acciones, lo mismo que el activismo comercial, quizá correspondieron al objetivo de desideologizar la política exterior, para dar a México mayor legitimidad ante socios importantes; sin embargo, traicionaron la defensa de México del derecho internacional, las resoluciones de la ONU y el objetivo de ser actor con responsabilidad global, además de que dejaron al país indefenso frente a los muros fronterizos y la militarización.

El papel de México de paladín del libre comercio impulsó mayores esfuerzos de institucionalización y coordinación. En los diversos escalones burocráticos, los lazos con Medio Oriente fueron fruto de voluntades individuales específicas dentro de la Dirección General para África y Medio Oriente de la Cancillería, las de algunos representantes diplomáticos mexicanos en esa región, y de otros órganos de gobierno. Además, las relaciones comerciales presentaron concentraciones sectoriales potencialmente estratégicas, como energía y agricultura.

Con todo, en un mundo tan incierto, fragmentado y peligroso como el actual, se necesitaba también invertir en peso político mundial, lo cual requería cuidar los recursos humanos y financieros, así como las atribuciones institucionales, de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

 

 

 

 

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