Meridita

El pueblo yucateco siempre ha sido hospitalario, sin olvidar la historia del regionalismo y la separación de la Península del imperio español

Meridita

¡Vámonos a Meridita!, solía decir mi papá, un músico que encontró en el periodismo una veta distinta para liberar la música que llevaba por dentro. Eran los años 80 y Yucatán tenía 700 mil habitantes y un racimo de restaurantes famosos –La Prosperidad, El Patio Español y El Guacamayo– atrapados en la capital; la llamada Ciudad Blanca moría en el Periférico.

Treinta años más tarde la población de Yucatán se triplicó y hoy es un estado de dos millones 100 mil personas. Mérida, la ciudad íntima y pequeña, mutó en un territorio masivo que desde los años 90 comenzó a devorar municipios aledaños como Caucel y Kanasín, que en el pasado reciente parecían tan distantes, como situados en un mundo lejano de casitas de guano y tierra, donde todas las familias y los vecinos se conocían.

Treinta años después, la Mérida colonial de Luis Espinosa Alcalá –Linda ciudad que despierta, llena de aromas de azahar, con tu mantilla de luz, novia blanca del Mayab, pareces perla de Ormuz, engarzada en el verde de tu henequenal–, se ha transformado en un territorio de gigantescas plazas comerciales dispersas en avenidas como freeways donde atarantan y se confunden tantos acentos de todas partes.

¿De dónde vino toda esta gente? Me preguntaba los últimos días del año en el centro, el norte o el sur de la ciudad, donde pueden pasar varios días sin que escuches el alegre, contagioso e inconfundible acento yucateco.

Ahuyentados por la violencia en otras regiones del país y atraídos por el progreso de un estado que a diferencia de otros crece casi un 4 por ciento anual, la tierra que Luis Rosado Vega describió sembrada de palmares y un cielo tropical se ha convertido en casa, refugio y reinvención de vida para los neoloneses, los chihuahuenses y los sinaloenses que llegan del norte; los poblanos y los guerrerenses; los tabasqueños, los quintanarroenses y los chiapanecos que desde siempre enviaron a sus hijos a estudiar aquí; y los sudamericanos, los europeos y los norteamericanos que han cambiado el rostro de ciudades tradicionales como Izamal y Valladolid.

En Kanasín casi no viven yucatecos; el pueblito de los panuchos y los salbutes descomunales, más grandes que en cualquier otro pueblo y cocina, es ahora hogar de familias veracruzanas, chiapanecas, tabasqueñas y campechanas que han llegado a vivir enamoradas de las casas baratas, la tranquilidad de las calles y la proximidad con Mérida.

El pueblo yucateco siempre ha sido hospitalario, sin olvidar la historia del regionalismo y la separación de la Península del imperio español.

Hoy día los foráneos y los locales conviven en un laberinto infinito de colores, acentos y sabores: el hermoso hotel Coqui Coqui fundado por un misterioso empresario argentino en Valladolid; las gorditas zacatecanas del centro y los puestos de carnitas de Michoacán que son vecinos del Popular Chivo, uno de los comederos de cochinita más tradicionales, en el añoso mercado Lucas de Gálvez.

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