Mente mata todo

Cara Delevingne nos enseña que la actitud es el elemento más importante para emitir belleza y credibilidad


Abrí mi Instagram como suelo hacerlo diario y de manera compulsiva por octava vez ( y mucho antes del medio día) y ahí estaba… la imagen casi intrigante de la súper modelo Cara de Levigne con la cabeza completamente rapada, sin maquillaje, unos pants que ni yo (que soy bastante fachosa) en un día de depresión post todo me pondría, mirando al suelo con la cabeza agachada.

La sigo desde hace tiempo, desde que logré identificar esa carita aniñada de dulces ojos azules, nariz casi inexistente y cejas tupidas a morir como si se tratara de la firma que pone el Divino sobre una cara que planea hacer recordar, me pareció hermosa, su larga cabellera rubia combinaba con las interminables y delgadas piernas… toda una top, pensaba a la par que me asombraba con el contraste de su personalidad más a lo camionero inglés que a la típica Barbie no pienso, ella distaba mucho de ser una de esas diosas con personalidad de zombie que suelen adornar las revistas haciéndonos sentir a las mujeres en general que nos sobra personalidad y nos falta perfección.

Estoqueando sus redes (literal) descubrí que era el tipo de chica que me caería bien: siempre andaba en fachas, diciendo groserías, hablando franca, me encantó verla haciendo bizcos, sacando la lengua, bailoteando en las sesiones de fotos, jugando medio marimacha e inclusive saliendo de fiestas evidentemente borracha (que para los que piensen que no se les nota por rubias e inglesas les pido que chequen a Cara con los ojos en blanco y patas de Bambi aprendiendo a caminar tras tremenda juerga).

Me pareció honesta, me pareció una persona libre entre las millones de cajas de muñecas en serie de la industria del glamour. La verdad cuando se especuló acerca de su sexualidad me sorprendió menos que al enterarme que proviene de una familia aristócrata de tradición, la cuestión es que la había encontrado, la Barbie de forma encantadora y fondo… Interesante y fondo… que a veces ya es muchísimo que decir.

La foto que me topé ese día de ella con la cabeza rapada no decía tanto para mí hasta que leí el texto, el que decía que estaba harta de ver cómo la gente vive dictando lo que es bello y lo que no, me imaginé en ese momento todo el odio que esta persona de 24 años habría estado recibiendo por el simple hecho de cortarse el cabello, bueno no el cabello, SU cabello, de SU cabeza. Lo que hemos sentido todos alguna vez, que en la opinión de los otros nuestras decisiones les pertenecen sin explicación alguna, que nuestro cuerpo les pertenece sin razón alguna. Releí y cerraba preguntando qué pasaría si todas nos quitáramos el maquillaje, nos cortáramos el cabello y nos quitáramos la ropa, nos miráramos las unas a las otras y nos preguntáramos ¿quiénes somos? Y qué es lo que consideramos bello.

Supe que la reflexión venía de un hecho tan básico como el que una modelo se rape la cabeza pero la cuestión estaba en el aire… La falta de libertad, la manera en que nos escondemos tras filtros que no logran esconder la melancolía y rímel contra agua que no logró ser contra vacíos… Pensé la opción de vivir exentos de seguir bajo los parámetros de absolutamente todos excepto los nuestros y pensé a título personal que yo tendría que empezar por preguntarme qué es de todo lo que he construido lo que verdaderamente hago por convicción o placer y no por complacer, pensé también en dejar de esperar de los demás y de pronto solo me imaginé a una Nat rapada, sin maquillaje ni ropa, expuesta a las opiniones de esos 39.8 millones de seguidores de Cara Delevigne y si soy completamente honesta ni siquiera me pude imaginar bien como sería, como me vería, como soy sin todos esos extras que me adornan.

¿Será que no tengo idea de quién sería esa persona? ¿De quién soy yo? ¿Lo saben ustedes?

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