Mediocridad latinoamericana

Comparadas con Asia, nuestras economías y capacidades son minúsculas; no hemos entendido el nuevo paradigma del progreso

Javier García Bejos / El Heraldo de México
Javier García Bejos / Colaborador / Columna Editorial

En nuestras ciudades no están surgiendo grandes rascacielos ni trenes de alta velocidad. Nuestras empresas no están generando miles de patentes, nuestros aeropuertos tienen parches tras parches, los mismos que hace décadas, y nuestras escuelas no despuntan. Nuestros países pueden ser muy divertidos, hermosos y generosos, pero no estamos construyendo ningún futuro promisorio.

Esta visión parece profundamente negativa, pero es una realidad que sólo nosotros no vemos. Si dejamos de mirar hacia el norte del continente o a Europa, y nos comparamos con Asia, nuestras economías y capacidades son minúsculas. No hemos entendido el nuevo paradigma del progreso que se basa en una frenética necesidad de innovar y mostrar capacidades, de llamar la atención y ser relevantes. Seguimos anunciando Chichén o Cuzco, fotografiando al Corcovado o invitando al Obelisco de Buenos Aires, mientras hablamos de Estado de Derecho y economías emergentes.

Sin embargo, allá en China, Corea o Singapur están pasando del dicho al hecho, generando empleos aceleradamente, abatiendo la pobreza y sentando las bases de un mejor futuro.

Seguimos pegados al retrovisor, lamentando el pasado y corrigiéndolo incesantemente, pero continuamos sin construir una verdadera agenda de largo plazo que trascienda ideologías y periodos de gobierno. Nuestros países hermanos, como solemos llamarnos en la jerga de la demagogia latinoamericana, no pasan de tener relaciones que reflejan más el entendimiento de los gobernantes en turno, que una agenda común. Más allá de intentos de establecer libre comercio para impulsar un desarrollo compartido, lamentablemente tenemos una región brutalmente afectada por la pobreza y la desigualdad, la informalidad, la inestabilidad política y la incertidumbre financiera. Así, hoy vivimos la frustración de la clase media que no puede salir adelante, y que de repente, sale a la calle y reclama con fuerza por la falta de visión de nuestros gobernantes.

La mediocridad de nuestros países es un atentado para las futuras generaciones. A pesar de una ventajosa posición demográfica, un idioma casi común, nuestro clima y recursos naturales, la hermandad latinoamericana sólo ha servido para compararnos todo el tiempo, ver si el de junto está peor que nosotros. El alivio de nuestro atraso, pensando que podríamos estar peor, ya no debe tener cabida.

Estamos avanzando lento, aislados y sin emoción rumbo al futuro. La mediocridad de nuestras economías es garantía de mayores preocupaciones para la región, sumada a la inestabilidad política provocada por la frustración, fruto a su vez de la falta de progreso.

Esta combinación representa amenazas serias, presentes y futuras, contra la democracia y la libertad, como las que ya han experimentado algunos.

Hoy por hoy, la mediocridad latinoamericana ya no es un adjetivo. Se está convirtiendo tristemente en una definición.

POR JAVIER GARCÍA BEJOS
COLABORADOR



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