¿Más dinero o más vigilancia a Honduras?

Los migrantes no se quejan de hambre, sino de la corrupción que permite la operación de criminales

Gardenia Mendoza / Tripoide / Heraldo de México
Gardenia Mendoza / Tripoide / Heraldo de México

Hace años que las autoridades hondureñas navegan con la bandera de víctimas de las pandillas y la pobreza para explicar la migración masiva, constante e incesante que amenaza con ser cada vez más dramática como la caravana que se formó en estos días con alrededor de 2,000 almas y que tiene como trasfondo una realidad más bochornosa: la corrupción.

Porque dinero solidario de la comunidad internacional para sacar adelante proyectos de desarrollo no les ha faltado a los catrachos. No sólo por las aportaciones de Estados Unidos que en los últimos tres años comprometió 2,600 millones de dólares a través de la Alianza para la Prosperidad del Triángulo Norte (una parte de la cual pretendía quitar Donald Trump si no se detenía a la caravana), si no desde al menos 25 países.

México y otros estados de la región aportaron en el mismo periodo alrededor 8,600 mdd que se sumaron a las donaciones no reembosables por 367.5 mdd que les cayeron en 2014 desde Alemania, España, Japón, el Banco Interamericano de Desarrollo y hasta el Banco Mundial.

El Programa de la ONU para el Desarrollo también ha hecho lo suyo desde 2001 con 6.2 millones de dólares para concretar 219 proyectos de ecoturismo, agroforestales, cajas rurales, pesca y plataformas educativas que en teoría mejorarían las provincias más marginadas; mucho antes (desde 1989) Japón impulsó 493 micro empresas a través del programa APC, un sistema nipón para el desarrollo de comunidades pobres en el mundo.

¿El resultado?: el peor éxodo de la historia del país gobernado por un presidente (Juan Orlando Hernández) que llegó al poder por un golpe de Estado y después manipuló la ley para poder reelegirse con el contundente silencio y la venia del gobierno estadounidense que hoy se queja de las oleadas de pobres que huyen desesperados de su infierno.

La mayoría de los migrantes no se quejan de hambre sino de la corrupción que permite la operación de bandas criminales que ya se apoderaron de las calles para venta de droga, extorsión, y reclutamientos forzados mientras la policía y el ejército se hacen de la vista gorda o incluso forma parte de las redes de abusos, asesinatos, secuestros, tortura, violaciones sexuales y robos.

Un informe de la organización internacional Human Rights Watch documentó que el sistema de justicia de Honduras es uno de los más intimidados del mundo: una de las razones que explican, además de la impunidad de crímenes contra defensores de derechos humanos, periodistas, la falta de resultados en el combate a la pobreza.

En pocas palabras: dinero hay, pero no llega a quienes debería para mejorar sus condiciones de vida y amortiguar la migración que, de cualquier forma, continuará las tendencias por razones culturales y de reunificación familiar.

Mientras tanto, la coyuntura de su más reciente éxodo deja una infeliz interrogante. ¿Hasta qué punto se puede vigilar o pedir cuentas a un Estado que recibe ayuda internacional con la promesa de mejorar condiciones de vida de sus habitantes y éstos logran más que huir?

 

*Periodista

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