Se apagan las sonrisas en la Condesa

Nada es como 24 horas atrás, mucho menos como 36 o 48. De todo ello, ayer apenas si quedaban jirones


Llegó el día después. Nada es como 24 horas atrás, mucho menos como 36 o 48.

La romería que esta mañana mira y se desplaza por las calles de la Condesa lleva cascos y cubrebocas; porta brazaletes del Plan DNIII; viste uniforme olivo, o uniformes camuflados de la PGR, o azules de la Policía Federal, o chalecos naranjas y amarillos de Protección Civil.

Y con ellos, en largas cadenas humanas, cientos de personas –jóvenes en su mayoría- sin mayor uniforme que los deseos de ayudar.

De mano en mano sacan cubetas repletas de escombros; envían garrafones, botellas de agua, medicamentos, alcohol, agua oxigenada…

Hay 28 edificios colapsados en la zona, según informaría al medio día el delegado de la Cuauhtémoc.

Pero ocurría algo peor. Veintisiete edificios más están en riesgo de caer. El Plaza Condesa –de habitual repleto de jóvenes- es uno de ellos. El edificio Canadá También.

Pero no son los únicos que están a punto de caer. Se les ve a simple a vista: ladeados, con los muros semiderruidos –y que siguen cayendo como migajas-, enormes cuarteaduras, cristales que se desprenden y no paran de tronar.

Personal de distintas agrupaciones revisan edificios, obligan a vecinos a abandonar. Son muchos, muchísimos, los que salen con una maleta en mano, una bolsa, una mochila, una computadora en mano, un cuadro en la otra.

Difícilmente transitan los carros. Salen a pie, con su íntimo cargamento a la espalda o bajo el brazo.

Las incesantes fugas de gas obligan a más y más cierres de calles. Se escuchan los gritos de los militares –seguida por los voluntarios- y cintas naranjas y rojas van haciendo cada vez más inaccesible el corazón de la Condesa.

Cientos van y vienen como oleadas. Llevan tapabocas. Se mueven frenéticamente, con decisión.

Entre todos ellos, es fácil descubrir a los vecinos y a los habituales de la Condesa. A aquellos que temprano en la mañana solían pasear a sus perros y luego se sentaban ante café humeante en uno de tantos cafetines dispuestos en las aceras.

Ahora, sus ojos enrojecidos reflejan el desvelo de la noche, del miedo a otro sismo, la angustia por que se termine de derrumbar lo que les queda.

Llevan a sus perros pegaditos a ellos. Nada de juegos por ahora. El espacio dedicado a los canes para corretear está desierto.

Como sonámbulos, recorren las calles desde que amanece: La librería El Péndulo y su restorán lucen a oscuras, la Trattoria y la gourmetería también. De los cafetines, ni sus luces.

Ahora, sobre los muros de los distintos cafetines asoman carteles: Aquí hay comida, baño, agua. Y sí, en todos ellos hay una que algo ofrece. ¡Hasta la cantina Nuevo León se suma al apoyo!

Los bancos de la zona no han abierto. Ni siquiera el Superama de la calle de Michoacán ha alzado la cortina. En el Oxxo atienden a través de una ventanita. Una larga fila aguarda en la calle a ser atendida.

La farmacia que se encuentra en Sonora y Avenida México estuvo a punto de ser saqueada anoche ante la desesperación de quienes buscaban medicamentos. Rompieron a patadas unos vidrios. Los vecinos intervinieron. Les impidieron seguir: !Saqueos no!, advirtieron.

Un arranque, si se quiere, de aquello que hasta las 13:14 horas del martes 19 de septiembre, era bohemio, alegre y que presumía de congregar artistas e intelectuales.

Pero de todo ello, ayer apenas si quedaban jirones.

 

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