Marchas, libertad y orden

El orden no es represión: es condición para la vida civilizada. La calle es el espacio de la vida pública

Guillermo Lerdo de Tejeda Servitje / Diputado del Congreso de la Ciudad de México
Guillermo Lerdo de Tejeda Servitje / Diputado del Congreso de la Ciudad de México

La calle es el espacio público por excelencia, el lugar donde confluye nuestra vida privada y nuestra vida en sociedad: en la calle la gente se transporta, vende, compra, pasea, reflexiona, come, se entretiene, convive, en fin, hace comunidad.

Precisamente porque es el lugar de lo público, la calle es también un espacio fundamental para la manifestación política. La protesta existe en otras partes, pero nunca con la misma fuerza: en los medios se diluye entre miles de noticias que roban nuestra atención cada día. La protesta (en la calle) irrumpe, incomoda y se apropia del espacio público.

Esto crea un reto para los gobiernos: ¿cómo hacer que la calles sean zona de libertad para todos: quienes protestan y quienes desean llevar a cabo sus actividades cotidianas?

En México nos vamos a los extremos. Por un lado, hay un sector de la izquierda para el que cualquier intervención de la autoridad en una marcha es en automático represión. En el otro extremo hay personas a quienes, en efecto, les gustaría usar la fuerza, la mano dura. Esta alternativa provocaría dos cosas: que las policías cometieran abusos, y que muchos manifestantes se radicalizaran. Es pues una visión que no resuelve nada.

En medio de eso hay algo más: cuando el gobierno tolera la intransigencia de manifestantes porque son clientelas suyas.

Y hace unos días, el Gobierno de la Ciudad de México acaba de inaugurar una nueva —y pésima— idea: usar a burócratas civiles como escudo humano en las marchas. Es una decisión irresponsable por donde se le vea. De entrada viola derechos laborales. Además, pone a empleados a hacer tareas riesgosas, para las que no fueron contratados ni en las que están capacitados. La respuesta, en realidad, es muy sencilla, pero requiere voluntad política: hay que hacer cumplir la ley. La libre expresión es un derecho constitucional igual que el libre tránsito o el respeto a la propiedad privada. Por eso, tan legítima es la demanda de una persona para poder marchar, como la exigencia de otra para usar el transporte, para llegar a su trabajo, escuela o consulta médica. En un verdadero Estado de Derecho, tan necesario es que un activista pueda salir a protestar en paz, como que un comerciante tenga la garantía de que su negocio no va a ser saqueado.

Para ello, el gobierno ya tiene funcionarios especializados: se llaman policías. Son los encargados de que las marchas sean efectivas pero pacíficas: que no se vandalicen comercios ni monumentos; que no se bloquee el paso al transporte.

Que los manifestantes de buena fe vayan seguros y los violentos sean detenidos conforme a derecho.

El orden no es sinónimo de represión: es condición para la vida civilizada. La calle es el espacio de la vida pública. No permitamos que lo privaticen los violentos mientras el gobierno se esconde, temeroso, atrás de excusas, narrativas y de sus propios empleados indefensos.

POR GUILLERMO LERDO DE TEJADA
DIPUTADO DEL CONGRESO DE LA CIUDAD DE MÉXICO
@GUILLERMOLERDO


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