Manuel Camacho, el ciceroniano

Cicerón representa en la antigüedad romana lo que para nosotros sería el político intelectual: grandes ideas, elocuencia, filosofía, derecho y estoicismo

Ismael Carvallo Robledo / Asesor en la Cámara de Diputados / Heraldo de México

El pasado viernes se cumplieron cinco años de la muerte de Manuel Camacho. En ese tiempo cumplía con su labor de representación como senador de la República. Yo tuve la oportunidad de conocerlo, y fue a través suyo como tomé contacto con el mundo de la política, habiendo participado en el proyecto de organización del PCD desde el que enderezó su candidatura a la presidencia en el 2000.

Mi formación era entonces todavía incipiente. Tras la elección partí para Europa a estudiar para volver cuatro años después, cargado ya con un arsenal teórico más consistente. Y ha sido a través de esta nueva perspectiva más elaborada en función de la historia y la filosofía como me ha sido posible ponderar mejor su figura, para verlo entonces con un perfil muy similar al de Cicerón.

Cicerón representa en la antigüedad romana lo que para nosotros sería el político intelectual: grandes ideas, elocuencia, filosofía, derecho y estoicismo como fundamentos concurrentes de la praxis política. Fue también la encarnación del político conceptuado como la máxima aspiración que un hombre puede tener, y que entendió al ejercicio del poder –que es la perspectiva trágica del gobernante, cuya divisa es la unidad política y cuya virtud principal es la prudencia– como la más alta y compleja expresión de la existencia humana entendida como existencia política.

Es histórico su papel como buscador de los equilibrios en un tiempo de grandes transformaciones, en el que una época se vio trastocada para siempre merced a las acciones grandiosas y valientes de la otra gran figura, el primer gran populista de la historia, el gran general y tribuno de la plebe que, según Hegel, llevó a cabo la tarea que el destino tenía reservada para Roma: la de romper el corazón del mundo: Julio César.

La fractura orgánica entre patricios y plebeyos había quedado perfilada desde los tiempos de los hermanos Graco, Cayo y Tiberio, en el siglo II a.C. La corrupción oligárquica destilaba todo su hedor en el Senado, mientras que el pueblo romano vivía de miserias. Tras conquistar las Galias, Julio César decide volver a Roma cruzando el Rubicón sin dejar las armas, que era la regla. Al hacerlo propició la guerra contra Pompeyo y la oligarquía senatorial. Del triunfo cesariano se derivó la gran transformación de la República, que con su muerte y la guerra subsecuente terminaría por estabilizarse por Augusto en lo que conocemos como Imperio romano, matriz histórica y política del mundo. Cicerón fue partícipe, protagonista y testigo de ese drama epocal. Su fidelidad fue hacia Roma siempre, para lo cual veló en todo momento por la primacía del derecho, del orden, el equilibrio y la prudencia. Dejó para la historia el perfil de un modo de actuar, y una particular fórmula para concebir el decoro y la dignidad severa de la política. Esto es lo que a mí me inspiró siempre Manuel Camacho, y estimo que es mucha la falta que nos hace hoy, en estos tiempos tan cruciales para el futuro, el destino y la transformación de México.

POR ISMAEL CARVALLO
ASESOR EN LA CÁMARA DE DIPUTADOS
@ismaelcarvallo
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