Mancera y la ciudad donde no pasa nada

Todos los días durante seis años, tan pronto amanecía Andrés Manuel López Obrador se reunía con los integrantes del gabinete de seguridad del gobierno de la Ciudad de México –incluidos sábados y domingos–, antes que cualquier otra cosa. Marcelo Ebrard mantuvo esa decisión, excepto los fines de semana, y alrededor de veinte días en los que se ausentó a lo largo de su gestión.

Esas juntas eran una revisión crítica de todos los días sobre el comportamiento del crimen en la capital del país y las zonas en las que ocurrían toda clase de delitos, a partir de lo cual, tras distintos análisis y contrastes de sucesos e información, se llevaba a cabo una toma coordinada de estrategias y decisiones.

En la era Mancera desaparecieron las juntas de monitoreo, coordinación y planeación entre las instituciones de seguridad de la ciudad; el jefe de Gobierno sólo las ha convocado y ha asistido a ellas en situaciones de crisis, como el estallido en el edificio de Petróleos Mexicanos, las ejecuciones en Tepito y las tensiones ligadas al corredor Roma-Condesa como territorio controlado por La Unión, grupo chilango de crimen organizado.

¿Que llevó a Mancera a tomar esa decisión?

Entre los simpatizantes y críticos del jefe de Gobierno hay dos versiones: Que para él lo más urgente al amanecer es hacer ejercicio, y que alguien como él, abogado y ex procurador de la ciudad, subestimó el tema de la inseguridad.

No tengo certezas sobre esta hipótesis, pero es clara la distancia entre la elevada percepción de inseguridad de los chilangos y un discurso oficial que presume que han decrecido de manera notable los delitos de alto impacto como robo de vehículos, a personas y a casas, y que fueron desarticuladas 352 bandas delictivas.

Es probable que la decisión de Mancera haya impactado en una grave falta comunicación y coordinación entre las instituciones de seguridad de la ciudad, y que él mismo haya creado una situación que le impidió percatarse de todo lo que estaba sucediendo.

Mientras López Obrador y Ebrard contaban con información valiosa resultante del cruce y contraste de números, estadísticas, delitos y conflictos en la ciudad, el jefe de Gobierno se replegó en una trinchera en la que su arenga eterna fue que la ciudad estaba bajo control.

Antes de que Dámaso López, sucesor de El Chapo Guzmán, fuera detenido el martes pasado en Polanco, una de las zonas estratégicas de la ciudad, para Mancera no pasaba nada y la inseguridad era un mito.

De la noche a la mañana esa realidad artificial cambió con el arresto de Dámaso López, cuando Mancera admitió que la ciudad puede ser un centro logístico de grupos criminales.

¿Puede ser? A menos que el señor López estuviera de paseo en Polanco, Mancera nos debe una explicación seria que explique cómo nunca vio lo que hace un buen rato los ciudadanos veíamos en la ciudad.

 

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