Malayerba nunca muere


En memoria de Javier. Para Gris y sus hijos.

A Miroslava la mataron por lengua larga. Que nos maten a todos, si esa es la condena de muerte por reportear este infierno. No al silencio.

Javier Valdez Cárdenas lo escribió hace unas semanas, cuando Miroslava Breach fue asesinada en Chihuahua.

Javier fue asesinado ayer en Culiacán, donde fundó Riodoce, un semanario independiente donde relató con ternura y brutalidad –y unos trozos pesados de información–, la manera en la que el narcotráfico se convirtió en la plaga que devora a este país, parafraseando al propio Valdez, un bato muy querido y respetado en el oficio, un referente del mejor periodismo dentro y fuera de México en estos años de violencia.

Javier es uno de los periodistas más chingones que nos ha regalado esta tierra: un maestro generoso, un periodista sencillo y cabal, un cronista sensible alimentado por las emociones humanas que recogía en su camino y vertía magistralmente en su Malayerba, la columna en la que escribió de narcos, niños-sicarios, mujeres policía, buchonas, niños abandonados, huérfanos del narco:

Sin asideros, frente al abismo insondable, Juan dejó el barrio y se refugió con otros familiares. Dicen que volvió a la cuadra en busca de aquellos tiempos: fumaba desde los doce y pisteaba temprano. Dicen que conoció gente de mirada oscura y hocico siete punto sesenta y dos. Que por eso lo mataron, saliendo de su casa, apenas a los diecinueve.

Javier era un un ser luminoso y extraordinario, un mexicano dolido e indignado por este país que se nos va entre las manos. En su libro Con una granada en la boca, escribió:

Tengo que escribir lo que veo y lo que escucho, tengo que levantar la voz para que sepan que el narco es una plaga, un devorador que traga niños y mujeres, devora ilusiones y familias enteras. Somos muchos los reporteros que buscamos la nota en plena incertidumbre, que tenemos claro que un balazo puede llegar antes que nosotros; somos muchos los indignados por el silencio que nos quieren imponer, por las mentiras oficiales. Vemos a personas a las que les arrancaron a punta de chingazos sus ilusiones, mujeres con el beso ardiente de una granada en la boca, a jóvenes, casi niños, atascados de dolor y cocaína.

Javier Valdez se evaporó ayer como cientos de miles de personas –310 mil desde Fox, cálculo de Alejandro Hope–, y una vez más rumiamos y pensamos y deseamos que su muerte represente un parteaguas y signifique algo que por fin detenga la cacería de periodistas, que además suelen ser los más humildes, los que viven en las condiciones más precarias, los que no trabajan en la capital del país, los que viven con sus familias el asedio de políticos y caciques y narcos y extorsionadores y la gente que más ha herido a este país.

Ayer se evaporó, como cientos de miles de personas, Javier Valdez Cárdenas, el mejor cronista del narco in situ de lo que ya podemos llamar La Era de la Violencia.

 

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