Maduro contra Leopoldo López

En su enfrentamiento desigual con Leopoldo López, Nicolás Maduro busca seguir gobernando con poderes omnímodos, sin el control del Parlamento

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La noticia de la modificación de las condiciones de reclusión de Leopoldo López y su salida de la prisión de Ramo Verde se propagó vertiginosamente. Pronto comenzaron las especulaciones, las críticas a diestra y siniestra (dependiendo su contenido de la ubicación del comentarista) y el análisis de los motivos que impulsaron a unos y a otros.

De parte gubernamental las principales dudas se centran en si la salida de López de la cárcel fue una señal de la debilidad de un gobierno acorralado (como probó el ataque a la Asamblea Nacional), un intento de ganar tiempo, la necesidad de descomprimir una coyuntura crecientemente insostenible, la pretensión de dividir a la oposición, o la consecuencia de la presión y la mediación internacional, tras la labor afanosa, pero desagradecida de José Luis Rodríguez Zapatero.

Probablemente no haya una sino varias respuestas. Sin embargo, las palabras y el tono de Nicolás Maduro son poco halagüeñas y parecen mostrar una escasa voluntad de negociar. Trató con desprecio al opositor ex carcelado (el señor LL), para terminar adoptando una postura claramente estalinista, exigiéndole que asuma todas las culpas y se confiese autor de crímenes abominables. Como si fuera la reencarnación de Zinoviev y Kamenev, Maduro le pidió un mensaje de rectificación y paz.

Pero la paz que pretende el chavismo no es la misma que busca la oposición. En su enfrentamiento desigual con López, Maduro busca seguir gobernando con poderes omnímodos, sin el control del Parlamento y con una justicia subordinada a sus designios. Asumir, como hizo, la paternidad de la decisión que tomó el Tribunal Supremo es reconocer que los magistrados intervinientes son simples marionetas.

Del lado opositor los interrogantes son menores, aunque inmediatamente algunos insinuaron que López había pagado un precio por salir de la cárcel. Pero, sus palabras posteriores y su voluntad de proseguir la lucha en las calles hasta conseguir la libertad de Venezuela han funcionado como un desmentido de los rumores iniciales.

Al día siguiente de la excarcelación, la oposición recordaba sus 100 días de movilización callejera, con un saldo superior a los 90 muertos. ¿Cuánto tiempo más aguantará movilizada? ¿A qué costo? Por si todo esto fuera poco, julio tiene un calendario endemoniado: el 16 la oposición convoca un plebiscito para oponerse a las elecciones del 30 que deberían constituir una Asamblea Constituyente, el proyecto más emblemático del gobierno a día de hoy.

Rumbo a este choque de legitimidades y soberanías, muchos se preguntan si todavía hay margen para negociar. En ambas partes se aboga por ella, si bien los más favorables suelen ser los más callados, mientras quienes se oponen se muestran más exaltados, vociferando y alertando a quien quiera oírlos. Es en este contexto de un enfrentamiento cada vez más brutal cuando la negociación se hace más necesaria, pese a que sus probabilidades sean limitadas. Pero las divisiones en el chavismo y el protagonismo de López como líder opositor hacen que hoy podamos ser un poco, aunque no demasiado, más optimistas que ayer.

 

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