Los retos del Ejército en su día

Las operaciones contra el narcotráfico se expandieron para comprender al crimen organizado en sus aristas más generales

Iñigo Guevara / Analista / Heraldo de México
Iñigo Guevara / Analista / Heraldo de México

El 19 de febrero se conmemora en México el Día del Ejército. Esto pues es el 106 aniversario del decreto que otorgó al entonces gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza poderes y facultades extraordinarios para organizar un ejército revolucionario para hacer frente al Ejército Federal de Victoriano Huerta. Desde entonces, las misiones del ejército han ido evolucionado significativamente. Desde los años posteriores a la revolución, el ejército ha sido empleado principalmente como una fuerza de seguridad interior, aplacando rebeliones y ejerciendo la presencia del Estado en los lugares más recónditos del territorio… en muchos de ellos, la única presencia del Estado.

Durante la Segunda Guerra Mundial el ejército se reorganizó para rechazar una invasión extranjera y en la posguerra nuevamente para prevenir y en su caso contrarrestar el surgimiento de movimientos comunistas revolucionarios. Desde la década de los 50, la actuación en casos de desastres naturales y en los sesentas y setentas su participación en contra del narcotráfico –principalmente contra la siembra de amapola y marihuana– así como la seguridad de instalaciones estratégicas (principalmente energéticas y de comunicaciones) fueron moldeando a groso modo las misiones actuales del ejército.

Las operaciones contra el narcotráfico se expandieron para comprender al crimen organizado en sus aristas más generales durante el sexenio del presidente Calderón (2006-2012), mientras que el sexenio del presidente Pena Nieto (2012-2018) vio sus misiones diversificarse para incluir operaciones en el exterior mediante la participación en operaciones de mantenimiento de la paz y una incipiente capacidad de defensa en el ciberespacio. Anoto incipiente, pues el Centro de Operaciones del Ciberespacio (COC) inaugurado en junio de 2016 aún está a una tercera parte de alcanzar su meta operativa. Aparte de tener que desarrollar sus capacidades en estos nuevos campos de operaciones –dimensión internacional y ciberespacio–, los integrantes de un ejército moderno tienen la responsabilidad adicional de actuar con ética, efectividad y profesionalismo, pues serán juzgados por la corte de la opinión publica gracias a los medios de comunicación y las redes sociales. Deberán de actuar con total transparencia y pleno apego a los derechos humanos, al mismo tiempo que deberán continuar actualizando y adecuando constantemente su estrategia de comunicación social.

Algunas estadísticas interesantes del último sexenio: en promedio durante el sexenio anterior el ejército desplazo cada año 52,035 elementos en labores de seguridad interior y otros 16 mil en apoyo directo a las funciones de seguridad pública. Por lo tanto, su participación en estas funciones permanecerá en el largo plazo, ya sea como Policía Militar o como Guardia Nacional. Y aquí aprovecho este espacio pues el debate sobre la Guardia Nacional sigue latente: no hay que confundir los conceptos de dirección y mando, son dos nociones completamente distintas.

Por ejemplo, en España, la Guardia Civil es un cuerpo de seguridad pública de naturaleza militar y ámbito nacional depende orgánicamente del Ministerio de Defensa y funcionalmente del Ministerio del Interior. ¿Qué quiere decir esto? Que sirve a una función bajo dirección civil, pero mando militar. Un civil, por su concepción misma, no puede ni debe ejercer mando sobre fuerzas armadas. Lo más curioso es que las organizaciones civiles pidan un mando civil para un cuerpo militar. Como si las instituciones de seguridad civiles 1) emanaran de un servicio profesional de carrera, 2) fueran sinónimo de eficiencia, transparencia y anticorrupción, 3) tuvieran idea o experiencia de qué hacer con una fuerza armada en cualquiera de sus niveles estratégico, táctico u operacional y 4) tengan un récord de respeto a los derechos humanos.

Otras cifras interesantes son que el ejército aseguró más de 91 mil armas de fuego, casi nueve mil granadas y 2.5 millones de cartuchos como parte de su campaña de canje de armas de fuego; que se adquirieron más de 6,000 vehículos terrestres, incluyendo 2,200 Humvees y 1,930 pick-ups –sobrepasando en 100% el objetivo fijado a principios de sexenio; que se produjeron 121 mil fusiles FX-05 de fabricación nacional con los que se reemplazaron los rifles de origen alemán G3, cumpliendo con la neta planteada. Sin embargo, no todo fueron buenas noticias. Por ejemplo, el informe indica que se ensamblaron (sólo) 50 vehículos blindados DN-XI, de los casi mil que se tenían planeados ensamblar a principios de sexenio; que solo se pudo implementar 5% de un sistema de enlace de datos tácticos (datalink) y que la cobertura radar se mantuvo en 32%, es decir, no incrementó ya que no se adquirieron radares nuevos.

En temas no militares, pero definitivamente importantes para el desarrollo nacional, el ejercito plantó 296 millones de árboles e instaló 1,898 comedores comunitarios.

Me gustaría hacer mención de la importante labor de transparencia que ejerció el Estado Mayor de la SEDENA para compilar y publicar el informe de rendición de cuentas 2012-2018, así como un Libro Blanco, que permite documentar y evidenciar las labores desempeñadas, inversiones y adquisiciones durante el sexenio anterior.

*Consultor de la compañía Jane’sen Washington, DC.

 

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