Los problemas del Brexit 

La carrera política de May está ahora en juego. Y el Brexit apenas comienza a rendir sus amargos frutos

Los problemas del Brexit 

 

 

Los partidarios de que el Reino Unido de la Gran Bretaña saliera de la Unión Europea prometieron un futuro rosa si eso ocurría.

Lograron ganar. El voto del referendo realizado el 23 de junio de 2016 les dio la victoria por una pequeña pero incontestable mayoría.

Los políticos favorables al Brexit pudieron pavonearse. Boris Johnson, Neil Farage, David Davis, lo hicieron…

El dinero ahorrado, decían, pagaría por los servicios de salud; Gran Bretaña ya no estaría sujeta a la burocracia de Bruselas, donde la UE tiene su sede, ni sujetos a las reglas de calidad, de sanidad o de contenido de la Unión. Y menos, por supuesto, a las demandas y las consecuencias del libre tráfico de personas.

Mejor aún, serían capaces de escribir su propio destino y comerciar libremente con el resto del mundo, y muy especialmente con otras naciones anglosajonas, como Estados Unidos, Canadá o Australia.

Era otra vez aquella ilusión ilustrada en la anécdota, apócrifa pero deliciosa, en la que The Times de Londres proclamaba Niebla en el Canal; el continente aislado.

Si tal vez en el siglo XIX, Gran Bretaña, el mayor imperio de la era, podía tener alguna razón para sentirse superior al resto del mundo, el Reino Unido de hoy es mucho más igual e interdependiente de sus contrapartes europeas de lo que quisieran aceptar.

Y eso se dejó ver en las complicadas y laboriosas negociaciones de separación. Los europeos no le facilitaron las cosas a los británicos, ni les perdonaron los costos de lo que es un mal divorcio.

Después de todo, casi 48 por ciento de las exportaciones británicas van a la Unión Europea. Y casi 350 mil millones de dólares de exportaciones de los miembros de la UE van a Gran Bretaña. Quedan serios problemas por resolver, como el de residentes de ambas partes, o la situación de Irlanda, la isla vecina en la que el Reino Unido tiene un territorio. Irlanda-nación es parte de la UE, e Irlanda del Norte, como Escocia, quisiera seguir en ella pero es parte del Reino Unido. Los problemas de migración, de comercio, entre esas dos Irlandas, y por extensión con el Reino Unido, no son desdeñables.

Para complicar más la situación, las negociaciones de acuerdos de libre comercio con Estados Unidos no son exactamente un hecho. Las relaciones de Gran Bretaña con su ex colonia y principal aliado pueden ser tan especiales como se quiera, pero el presidente Donald Trump  no parece muy afecto a tales vinculaciones, como atestigua Canadá. Y Gran Bretaña tiene un superávit bilateral, cercano a los 40 mil millones de dólares anuales.

Para la primera ministra Theresa May el problema es serio. El fin de semana presentó a su gabinete lo que se califica como un Brexit blando, que mantendría una relación con la UE, y eso provocó las renuncias de Davis y de Johnson, así como la irritación de un sector de su propio partido conservador.

La carrera política de May está ahora en juego. Y el Brexit apenas comienza a rendir sus amargos frutos.

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