Los olvidados de Trump

Donaciano trabajó sin papeles en un club y luego volvió a las calles polvosas y desiertas de San Simón Yehualtepec

Peniley Ramírez / Linotipia / Heraldo de México
Peniley Ramírez / Linotipia / Heraldo de México

Filiberto Cruz tiene la mirada triste y el andar lento. Su casa en el centro de Puebla son tres habitaciones sin puertas intermedias, donde todo está en su sitio. En su cuarto hay dos camas. La primera, donde dormía con ella. La segunda, más pequeña, donde duerme ahora. No se atreve a recostarse de nuevo en el lecho que compartió durante casi medio siglo con su mujer.

Han pasado siete meses de su muerte y es una hermosa mañana de primavera. Llegamos poco antes de las 9 a grabar la entrevista para Univision. Cuenta por primera vez sobre los 11 años que trabajó como empleado indocumentado en un club de golf de Donald Trump en Nueva York. Explica que llegó sin papeles y ganó siempre menos que sus compañeros que sí tenían.

Habla sin rencor. En su voz hay una tristeza seca, que se ha quedado ya sin lágrimas. Habla de ella cuando dice que come cereal en las noches, café en las mañana, un guisado en la fonda a mediodía, para no cocinar solo. Despierta a las 7, se arregla, limpia todo, se sienta en la sala.

A veces estoy horas aquí sentado, pensando en ella, dice mientras le grabamos barriendo el patio. Aquí vengo a rezarle, anuncia en la entrada de la iglesia. Ella guisaba de todo, advierte cuando le acompañamos al mercado. Ya ve usted, la desgracia que me ha pasado, repite en cámara y se le corta la voz.

Mientras Trump construía en Estados Unidos su discurso contra migrantes indocumentados, mientras vociferaba sobre la construcción del muro, Filiberto se gastaba en México su dinero ahorrado para tratar de salvar a su esposa del cáncer. Y lo hacía, porque durante más de una década la Organización Trump lo empleó sin ninguna prestación, dice, porque era indocumentado. No teníamos seguro, no tenía jubilación, sólo tenía el dinero que me había traído para pasear y disfrutar con ella aquí en mi México.

Donaciano Sedano trabajó sin papeles en el mismo club y luego volvió a las calles polvosas y desiertas de San Simón Yehualtepec. No podíamos reclamar nada. Teníamos demasiado miedo de hablar, me dice.

A unas cuadras de allí, los altavoces del pueblo cantan rezos católicos. Son casi las cuatro de la tarde. Petra Sedano también ha llorado en la entrevista, cuando recordó que no ha visto a su hija Adela en 15 años, que ahora la Organización Trump la despidió y ella a la vez quiere que vuelva, a la vez no. Teme que los bandidos del pueblo crean que traen dinero y les hagan daño.

Terminamos y me dice que me vaya pronto, que no paremos en la carretera, aunque alguien nos dispare o se atraviese, que no frenemos pase lo que pase.

Pocos días después, Trump regresa a su diatriba contra los migrantes, el presidente mexicano repite que es un asunto doméstico, que él respeta. Y yo pienso en los ojos tristes de Filiberto, en la mirada perdida de Petra, en Donaciano, en Clara, en Carlos, en tantos otros con quienes hablamos para contar esas historias y creo que el periodismo también sirve para que ellos existan, para que no sean un número más en la estadística.

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@PENILEYRAMIREZ

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