Los gritos del silencio

Santuario es una novela poco conocida de Faulkner que resuma maldad, un relato sombrío de hombres que trafican alcohol y mujeres despojadas de la esencia primigenia de la existencia humana: la libertad. Temple, una estudiante de 17 años, es violada y obligada por su raptor a tener sexo con un hombre.

Faulkner retrata algunos de los más alarmantes signos y sucesos de la época, de la misma manera en la que Upton Sinclair relata en La Selva la vida atribulada de los migrantes en Estados Unidos.

La literatura es una crónica de nuestro tiempo, un espejo de sociedades, de la evolución del hombre y sus proezas, y un hoyo negro de sus miserias. Los libros son una forma de mirarse a sí mismo –un país, una persona, una sociedad– para comprender quiénes somos y que a pesar del tiempo aún nos comportamos como si habitáramos en cavernas.

Uno de esos hoyos negros es el asesinato de mujeres.

Una chica de veintidós años apareció muerta en los jardines de CU. Cuatro palabras –crimen, mujer, estudiante, universidad– bastaban para formar un cuadro perturbador: una mujer asesinada que formaba parte de la generación del futuro; una estudiante de nuestra universidad más representativa; una joven con una vida normal. La Procuraduría de la CDMX añadió que había consumido alcohol, que se había drogado, que ya no estudiaba en la UNAM y que debía materias.

La estupidez detonó el hashtag #Simematan, donde cientos de mujeres escribieron razones para criminalizarlas: beber alcohol, vestir faldas, fumar marihuana, ser gordas, no casarse, ser madres solteras, tatuarse: por vivir la vida como deciden vivirla.

Espontáneo y auténtico, el repudio a un crimen desde una parte vital de la sociedad contrasta con el comportamiento de sus líderes: si Obama pronunció un discurso histórico sobre las tensiones raciales tras un tiroteo, en México el asesinato de una mujer joven, en una universidad y en la capital del país no han merecido una reflexión amplia y honda de un presidente, de un jefe de Gobierno, de los líderes de los partidos.

El mal es una realidad omnipresente y abrumadora como la insensatez de quienes ven pasar la muerte en sus narices y bajan la cabeza porque no están a la altura de las circunstancias, por cinismo, o para continuar haciendo sumas y restas políticas.

¿Por qué tanta maldad? ¿En qué momento nos convertimos en bestias? ¿Cuándo terminará esta pesadilla?

No duele solo la barbarie, sino la parálisis frente a las dimensiones de una crueldad que algo significa y que no estamos logrando desentrañar en parte porque la respuesta de quienes gobiernan es el silencio, la estupidez, la desvergüenza.

Una joven asesinada no importa; un bebé de dos años asesinado en la carretera a Puebla –violadas su madre y su hermana de 14 años– es normal. Es el mensaje a la sociedad de quienes fueron electos para servirla, organizarla representarla; para alzar la voz y defenderla.

 

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