Lo que se quemó

El incendio de Notre Dame ya provocó toda clase de reacciones. Acaso porque lo que se perdió es mucho más que piedras y estructuras

Ruy Febén y Carlota Rangel / Señales de humo / El Heraldo de México

De las muchas filas que invaden Europa, la de Notre Dame es (era) una de las más divertidas. Antes de entrar por la puerta, entre las dos torres que a lo lejos son (eran) ojos que se meten por los ojos de quien las mira, hay (había) que estar una hora, a veces dos. En el ínter pasan (pasaban) grupos de viejitos con pase directo (en las gorras se les ve, o veía, la filiación a un grupo social arremolinado en torno a su iglesia local); turbas de estudiantes empujados por la maestra aburrida que intenta (intentaba) decirles que antes de ellos han pasado muchos tiempos, casi igual de importantes; novios del Lejano Oriente haciéndose fotos para presumir en la boda: estamos (estuvimos) en Notre Dame, dicen sus fotos: nuestro amor es verdadero.

Dentro, la expedición es (era) similar a la de una jungla con animales sin nombre: las esculturas de papas y obispos y otros que hoy ya casi no importan; las pinturas de nombre ilustre, como aves del paraíso diseminadas en un jardín oscuro; las columnas interminables, cuya pesadez se oculta con trucos que a nosotros ahora nos parecen (parecían) obviedades, revelan que hubo primates hace siglos que se preocuparon por ponerle patas al Cielo: lo que sea que eso signifique en este siglo a punto de quedarse sin Tierra.

Caminando por ese bosque de piedra, más primates, con cámara, con un itinerario. Algunos se detienen (se detenían) frente a una tumba, y ponderan sobre (descubren: descubrían) la muerte; otros encienden (encendían) una veladora en la entrada, para pedir algo más allá de ellos en ese lugar tan universalmente reconocido como uno de los estacionamientos oficiales de Lo Eterno. Casi todos los primates le dedican (le dedicaban) un rato a mirar hacia arriba: como lo prefiguraron quienes armaron aquella cruz de muros, son (eran) los vitrales los que empujan a postrarse de una manera u otra. Algunos descubren ahí la divinidad; otros, la maestría en un oficio que no es el de ellos y, por tanto, se les revela como una forma de magia.

Esta semana se quemó Notre Dame, y esa fila y esos vitrales y esas columnas casi se pierden. Casi se pierde también lo que se ve (se veía) al caminar por la Isla de la Cité: las gárgolas, que son (eran) espejos nuestros, espejos que, asomándose por la barandilla de un edificio que tardó dos siglos en alzarse, nos reflejan hoy a nosotros, los que compramos dulcecitos en esa tienda tan mona, todavía en La Isla de San Luis.

Esta semana se quemó Notre Dame; casi se pierde un edificio histórico, un testigo de siglos, la inspiración de Víctor Hugo.

Pero, sobre todo, esta semana se quemó Notre Dame: casi se pierden las miles de historias que aún no ocurren en su fila, las miles de fotos que todavía no dan pena ajena, las miles de conversaciones que aburrirán a otros tantos miles.

Por RUY FEBEN Y CARLOTA RANGEL

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