Lo que el debate nos dejó

De los tres debates presidenciales, este último fue el más tedioso y el que seguramente menos se recordará

Lo que el debate nos dejó

# Alhajero

 

En primerísimo término, este tercer debate presidencial se llevó las últimas esperanzas de Ricardo Anaya y de José Antonio Meade de tirar a Andrés Manuel López Obrador y nos lo dejó aún en el primer lugar.

Los abanderados del PRI y del PAN pudieron haberle ganado al de Morena en el intercambio de dichos y en la argumentación de sus exposiciones, pero no lograron que el tabasqueño cometiera un error grave, ni mucho menos derrumbarlo.

¡Al contrario!, en el Museo Maya, López Obrador fue quien más porras se llevó entre los invitados. Y eso que estaban todos revueltos (los de las tres coaliciones y los invitados especiales del INE)

En cambio ellos, Meade y Anaya dejaron ir la última oportunidad de posicionarse de manera contundente, al grado que no quedó claro quién de los dos candidatos se llevará el segundo lugar el próximo 1° de julio.

Desde nuestra óptica, el abanderado del PRI-Verde-Nueva Alianza fue quien más cómodo se vio durante este último debate. Lanzó golpes quirúrgicos tanto hacia el tabasqueño como al queretano, pero nunca alcanzó a asestar algo definitivo o contundente.

De hecho, Meade utilizó algunas triquiñuelas. Pero tampoco pasaron a mayores.

Uno de esos momentos, por ejemplo, fue cuando aceptó hacer uso de tres segundos que le quedaban en uno de los bloques. Ahí el ex secretario de Hacienda lanzó una de sus frases más duras: El único que está indicado en esta mesa es Ricardo

Frase que quedó resonando en el ambiente.

Sólo que dicha acusación –hasta el momento- es falsa. Anaya podrá estar envuelto en múltiples señalamientos (de corrupción y de lavado de dinero, entre otros) pero no está indiciado.

El candidato de alianza Por México al Frente, para nuestro gusto, tuvo una de sus presentaciones más desafortunadas. Se le notaba iracundo, tenso, desubicado.

Quizás el momento que mejor represente su estado de ánimo fue cuando dijo –palabras más, palabras menos-, que a lo mejor los ataques de que era objeto lograban convencer a la gente de ponerlo del lado de los malos y perder la elección.

No sé si lo dijo de manera inconsciente, pero ese momento en que Anaya reconoció con una mezcla de enojo, dolor y resignación, que podía perder la elección, fue la que descubrió el verdadero estado de ánimo del panista. Su más profundo sentimiento.

Lo que encontró para atacar a Andrés Manuel –la adjudicación directa de un contrato por 160 millones de pesos a Riobóo– es realmente de quinta, además de que no implica ningún delito. En cambio el tono que utilizó para irse sobre el ex jefe de Gobierno fue realmente desagradable.

Sus ataques resultaron contraproducentes.

En cuanto a López Obrador, de flojera ciertamente. Con su cantaleta sobre la corrupción a todo lo largo del debate. Pero suficiente para no embarcarse y salir sin mayores pérdidas –al menos nada importantes- del enfrentamiento.

Así que se mantiene al frente de la carrera presidencial, mientras allá abajo, a media tabla, Meade y Anaya siguen con la pelea del segundo y del tercer lugar.

Como quien dice, pasó de noche.

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