León, Guanajuato

Nunca había estado en león, geografía que pretende rescatar lo que fue majestuoso y volverá a ser

Valentina Ortiz Monasterio
Valentina Ortiz Monasterio / Nube viajera / Heraldo de México

Me han dicho que casi tan atractiva es mi pasión por la comida como el amor por mi país.

Eran como las 10 de la mañana. Nos presentaron, las tías -las monjas, les dicen-, con precisión batían un huevo al tiempo que las tres meneaban frijoles peruanos y servían porciones de chicharrón.

A esa hora ya teníamos las primeras dudas que rápido resolvíamos vía Google -como el origen del nombre cóporo-, mientras, como cronistas comelones, nos contaban la historia de la cocina del lugar. Espectacular el desayuno y una costilla de sueño.

Lloviznaba cuando llegamos a visitar alfareros y a ser testigos de proyectos sociales con música y niños.

Yo volteaba a ver a todos lados, escuchaba las historias de restaurantes argentinos que montaron futbolistas de aquel país de los equipos del Bajío; narraciones de xoconostle, nopales y cocineras tradicionales.

Nunca había estado en León.

La Cocinoteca montada al puro estilo de un taller de cocina en casa me conmovió. Las especias en un estante y las ollas de hierro en otro.

Probamos menús de próximos proyectos, criticamos tortillas y hablamos de vino. Afloraba la pasión por lo local. Me gusta mucho la gente que adora lo que hace, es de privilegiados.

Moviéndonos por la ciudad hablamos de cecina, de amigos en común, de chimichurri y de encurtidos leoneses. Ah, y Pedro preguntaba los horarios del bar Mónaco.

Administramos eficientemente y llegamos a la cena. La Cocinoteca -también-, esta vez en el centro de la ciudad, una geografía que pretende rescatar lo que un día fue majestuoso y volverá a ser.

Charlamos de heirloom, de burrata y de lechugas locales. Se impresionó de mi romance con Mick Jagger y, yo, de que viaja con parrilla. Probamos un caldo de jitomate inolvidable y unas habas muy ricas impecablemente cocinadas. Había pensamiento, investigación y humo como un eje rector. Así como yo es Juan Emilio, un adorador de su paraje. Larga vida a los que somos necios y a los que ponen en alto el nombre de mi país. Se siente rico.                                            

POR VALENTINA ORTIZ MONASTERIO
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@VALEOM

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