Latinoamérica no es sexy

Al final, no estamos logrando ser sexys, ni con todos nuestros recursos naturales ni con nuestras vibrantes culturas

Javier García Bejos / El Heraldo de México

Desde el río Bravo hasta la Patagonia, Latinoamérica es una región que comparte una historia, y aunque no siempre lo aceptemos, también un destino.

Nuestras naciones enfrentan, en la desigualdad y la pobreza, un reto ancestral; el crecimiento lento y poco sostenido, seguido por crisis recurrentes, se ha convertido en un modo de vida. Asimismo, la inestabilidad política, las dictaduras y los golpes de Estado han puesto piedras en el camino para nuestras incipientes democracias, quienes con dificultad se han abierto paso en la era global.

Recientemente, el ritmo global imprimió una voltereta necesaria a la historia de la región, al obligarnos a generar reformas para brindar viabilidad a los nuevos tiempos. Pasaron Lula y Dilma; Néstor y Cristina; Chávez y Maduro; Bachelet y Piñera; Alan García; los Castro; Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto; Uribe y Santos; Evo, Correa y Daniel Ortega.

Sin embargo, a pesar de los cambios de timonel, la lista de mandatarios indica que nunca se ha generado una agenda común ni hemos protegido solidariamente nuestro desarrollo.

Desafortunadamente, nunca se ha unificado políticamente un discurso, ni para defender a las democracias liberales ni para atraer inversiones y comercio.

Mientras que aquí seguimos con batallas ideológicas, unos culpando a los yanquis, otros buscando revivir a Perón y todos observando pasmados el atropello a las libertades y la dignidad humana en Venezuela, en otras latitudes los países están creciendo y cambiando sus destinos.

No hablemos de los mismos para no caer en lugares comunes, observemos nuevos; Laos, Indonesia, Filipinas, la poderosa China, la sorprendente Corea, la ordenada Japón y la dinámica India.

La región más poblada del planeta ha tomado la decisión de sorprendernos todo el tiempo, con aeropuertos y aerolíneas universales e infraestructura que los vuelve brutalmente competitivos, basados en un Estado de Derecho a prueba de incertidumbre, habitantes educados, innovación, productividad y visión del futuro.

En contraste con nuestro mediocre crecimiento, allá están superando sus limitaciones.

Contra nuestra falta de visión de largo plazo, allá construyen el futuro apuntalando la educación como motor del desarrollo.

Frente a nuestra obsesión con mirar al pasado, allá están conquistando el espacio. A nuestros periféricos con cada vez más carriles, ellos contestan con las ciudades del futuro.

Así, ellos generan bienestar, mientras que aquí, nuestra economía de ingreso medio se llena de frustración, ingrediente para concretar peligrosas vueltas al populismo.

Al final no estamos logrando ser sexys, ni con todos nuestros recursos naturales ni con nuestras vibrantes culturas o ventajas evidentes. Por el contrario, al parecer, el siglo XXI no pinta tampoco para que podamos hacer de nuestra región lo que debería ser: una potencia integrada, moderna y poderosa. Lamentablemente, nuestra región no da más que para buenos discursos.

¿Te gustó este contenido?




Lo mejor del impreso
OpiniónBueno, malo y feo

Bueno, malo y feo