Latidos que son música

Tenía sólo 3 años de edad y ya había entregado su corazón por primera vez. Se lo entregó a la música; puedo decir que ése fue, en verdad, su primer amor

Atala Sarmiento / Anecdatario / Heraldo de México

Ya desde entonces traslucía la nobleza de su interior. Pero lo más agudo con lo que nació fue el oído. Hablo de mi hermano Rafa, el menor de los tres. Nuestros primos mayores Jordi, Juan, la Nena y Álvaro ejercieron una profunda influencia en nuestra vida. Ellos introdujeron a Rafa al mundo del rock. Estaban entrando a la adolescencia cuando él era un crío luminoso de pelo lacio y rojizo, piel blanca y pecas en la cara. La poetisa mexicana Pita Amor llegó a llamarlo Infante de Goya un día que vino a comer a la casa.

Con ese oído tan fino con el que nació, Rafa era capaz de simular cada nota de una guitarra eléctrica o un bajo usando una raqueta de tenis a la que le ponía luces de bengala, mientras soñaba que daba un concierto como si fuera Ozzy Osbourne a quien admiró.

Un día las cuerdas de su raqueta nueva de tenis, se consumieron con esas luces mientras él se deslizaba, posesionado por el rock, por una rampa de madera improvisada que montó sobre un escritorio mientras él se entregaba a su audiencia que éramos mi hermana y yo.

Su pasión era la batería. Mi papá nunca quiso comprarle una por ruidosa. Pero eso no impidió que él desarrollara una facultad única. Con la boca aprendió a emitir el sonido de cada tarola, platillo y bombo. Descifraba una a una las notas de las canciones y repetía los sonidos de la batería con su propia boca. También se las ingenió para construir sus propias baterías con las ollas de mi mamá. No sé cuántas baterías de cocina quedaron abolladas por las baquetas incansables de Rafael.

Siempre había música en su habitación ¡siempre! Cuando ambos éramos adolescentes, a veces me llamaba y ponía una canción. Se sentaba a la orilla de la cama y me decía chécate esto. Concentraba su mirada en un punto y empezaba un espectáculo hechizante en donde sus brazos volaban al ritmo preciso de la canción mientras él tocaba la batería en el aire.

Ese oído tan agudo lo hizo aprender a tocar el bajo ¡sólo! Y no he hablado de su mirada no menos sagaz. Cuando jugaba a ser una estrella de rock también dibujaba unas obras de arte dignas de enmarcar. En hojas blancas plasmaba, a colores, orquestas sinfónicas enteras; cada músico con su propio instrumento a detalle.

Ese ojo perspicaz, imaginativo, ese oído vivo y hondo lo han hecho ver, oír y vivir la vida a detalle, como sus dibujos. Pero las notas musicales que mejor escucha son las que emite cada latido de mi corazón; con esa sagacidad que lo caracteriza es capaz de decirme: Atala, afina tus instrumentos porque sabe que lo haré para que sigamos tocando canciones juntos como cuando éramos adolescentes.

Por ATALA SARMIENTO 

@ATASARMI

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