Las palabras y las cosas

Las palabras dan vida cuando siembran amor, pero matan cuando siembran odio y crispación

Gustavo Madero / Articulista invitado/  El Heraldo de México
Gustavo Madero / Articulista invitado/ El Heraldo de México

Explicarnos las cosas y sus causas es una necesidad vital. Lo es más en casos tan perturbadores y desgarradores como los hechos de violencia en El Paso, Texas, donde un joven mató a 22 personas en un tiroteo.

Muchos analistas insisten en la proliferación de armas de fuego como una de las variables más determinantes. El presidente Clinton propuso una ley por demócratas y republicanos en 1994 para establecer controles en la venta de armas de asalto.

Sin embargo, esta disposición no fue refrendada en 2004 y a partir de esa fecha presenciamos un aumento de la violencia en nuestro país, producto del tráfico de armas para la delincuencia organizada y de los tiroteos contra la población civil en EU con la venta masiva de armas legales sin restricciones. Hay 4 veces más puntos de venta de armas en EU, que restaurantes McDonald’s.

Además de esta liberalización en la venta de armas, ocurre otro detonante: la normalización de la cultura de la violencia a través de los medios de comunicación y palabras fundamentalistas, racistas y de odio en el discurso político de líderes que enarbolan consignas elementales que condensan los miedos y las confrontaciones sociales.

El título de este artículo evoca al del libro de Michel Foucault (1966), quien sostiene que los periodos de la historia han poseído condiciones subyacentes de verdad que constituyeron lo que era aceptable. Con la dinámica moderna de medios, este fenómeno se nos presenta en las narrativas dominantes. Las palabras dan vida cuando siembran la esperanza, compasión y amor; pero las palabras matan -igual que las balas-, cuando siembran odio, intolerancia y crispación.

El Holocausto no empezó con las cámaras de gas, comenzó mucho antes: con discursos de odio.

Amos Oz sostiene que suele hablarse de crímenes de odio, pero tal vez convendría utilizar el término crímenes de fanatismo.

A medida que las preguntas se vuelven más difíciles, también aumenta el ansia de más y más personas por obtener respuestas sencillas de una sola frase, que señalen a los culpables de nuestros sufrimientos, respuestas que nos aseguren que, si aniquilamos y exterminamos a los malvados, al instante desaparecerán nuestros problemas.

El mundo vive la proliferación de discursos de crispación, odio e intolerancia que alimentan fanatismos. Líderes que conquistan el espacio público en mañaneras para evangelizar y distinguir a pecadores y redentores. No es el tono de su voz la que los define como fanáticos, sino su intolerancia a voces discordantes. La propuesta de explicar la violencia por el fanatismo, más que por el odio, arroja una luz porque nos descubre que estamos más inundados de él.

Por eso es importante criticar a Trump por sus mensajes racistas y xenófobos; pero también debemos exigir a nuestro Presidente, no recurrir al discurso que divide en buenos y malos, entre los que pensamos como él y quienes diferimos, porque así pueden surgir nuevos fanatismos.

POR GUSTAVO MADERO SENADOR DEL PAN

@GUSTAVOMADERO

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