Las obligaciones de la vecindad

La visita del procurador General estadounidense, William Barr, a México sirve como advertencia

José_Carreño
José Carreño Figueras / Desde afuera / El Heraldo de México

Cuentan que durante su tiempo como secretario de Relaciones Exteriores, allá por los años 90, Ángel Gurría visitaba una capital europea y su contraparte le hizo un señalamiento: Si tuviéramos 100 kilómetros de frontera con Estados Unidos seríamos una potencia mundial. La respuesta de Gurría fue mordaz: Si México tuviera sólo 100 kilómetros de frontera con EU, sería una potencia mundial.

La visita del procurador General estadounidense, William Barr, para abordar la situación de los cárteles del narcotráfico en México sirve como advertencia al gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador que la política exterior es mucho más interior de lo que se cree en un país tan globalizado como este.

O también, que la relación interméstica con Estados Unidos tiene más aristas que temas tradicionales y tiene impacto en, o es necesariamente afectada por, decisiones de política doméstica. En alguna medida es parte de la situación geopolítica de México: tres mil kilómetros de frontera con la mayor potencia económica, militar y cultural del mundo ofrecen enormes ventajas, pero también formidables desafíos y problemas.

En el caso actual, Barr visita el país para abordar la determinación de su gobierno de declarar terroristas a los cárteles mexicanos del narcotráfico y seguramente reiterar, y de ser posible impulsar, las propuestas de asistencia hechas por el presidente Donald Trump en las horas siguientes a la masacre contra la familia LeBarón. Es posible afirmar que es en buena medida una forma de presionar para que el gobierno mexicano retome la guerra contra esa actividad.

Pero también un aviso de problemas.

De la misma forma que México tiene razón en demandar seguridad y mejor trato para sus nacionales en EU, ese país tiene el derecho de pedir correspondencia. Hay unos 11 millones de mexicanos radicados, legal o ilegalmente en aquellas; oficialmente hay alrededor de un millón –y extraoficialmente quizá tantos como tres millones– de estadounidenses radicados formal o informalmente en México.

Y si eso, y sus millones de descendientes no son señal de integración social, quién sabe que lo sea.

México es actualmente el principal socio comercial de los Estados Unidos. El comercio bilateral, apoyado en una producción industrial mexicana enfocada en la exportación a los Estados Unidos, habla de una integración económica, que en lo negativo es subrayada por el propio narcotráfico, que resulta favorecido tanto por la vecindad como por el apetito de los vecinos.

El hecho de que los mayores grupos delictivos de México, el Cartel de Sinaloa y el Cartel de Jalisco Nueva Generación sean literalmente empresas transnacionales no ayuda a los propósitos de política exterior de México y menos a aislarlos de su política doméstica. Ciertamente no es sencillo y no tiene que gustar, sobre todo cuando el interlocutor es Estados Unidos. Pero es la realidad.

POR JOSÉ CARREÑO FIGUERAS
[email protected]
@CARRENOJOSE1



lctl

¿Te gustó este contenido?