Las fisuras del modelo populista (I)

El populismo se erige como el auténtico representante del pueblo que repudia lo que percibe como su exclusión

Ricardo Pascoe / Mirando al otro lado / El Heraldo de México
Ricardo Pascoe / Mirando al otro lado / El Heraldo de México

 

Han surgido en Europa y las Américas regímenes políticos con características comunes en su operación política que han sido clasificados como populistas. Las etiquetas de derechas o izquierdas resultan irrelevantes. Sus características compartidas tanto programáticas como de operaciones políticas son tan notables, que esas etiquetas salen sobrando.

En Europa, destacan los casos de Rusia, Turquía, Polonia y Hungría, con el Brexit de Reino Unido como un desafío en esa dirección. En las Américas destacan Estados Unidos, México, Nicaragua, Venezuela y Bolivia, con Brasil ansiando por sumarse al club. Todas las ofertas del populismo son una reacción a cambios estructurales de la economía y sociedad, junto con la revolución tecnológica, a escala mundial. Ante los desplazamientos sociales y desajustes económicos que estos cambios ocasionan, el populismo se erige como el auténtico representante del pueblo que repudia lo que percibe como su exclusión. Todo lo que no se suma al populismo es antipueblo, junto con sus partidos y representantes corruptos.

Maneja un discurso antiplural y excluyente: el pueblo es uno solo, sin diferencias internas ni desavenencias. La corrupción y bancarrota del antiguo régimen es su blanco favorito. Promete un manejo distinto del presupuesto público a favor del pueblo, que ya no será administrado para las élites corruptas y depuestas. Ese recurso fiscal será manejado con honestidad porque, según su propia admisión, los nuevos representantes del pueblo son incorruptibles.

En este nuevo escenario, su oferta política es claramente antiliberal. Es opuesta al modelo de democracia representativa liberal que emergió después de la Segunda Guerra Mundial.

La existencia de gobiernos con contrapesos es directamente repudiada. Se eliminan los contrapesos, subordinando los poderes Judicial y Legislativo al Ejecutivo, que es, según su tesis, donde reside el verdadero y único mandato del pueblo, creando un poder verticalista.

La idea que promueve de su superioridad moral es consistente con la propuesta populista. Hace que sus decisiones sean incuestionables. Cualquier duda es considerada un ataque directo al pueblo y su moral superior.

El plan de operación política sigue el mismo libreto en ambos continentes. Consiste en la colonización política de los órganos del Estado, la organización corporativa y subsidiada de las masas, la aplicación discrecional del Estado de Derecho y el ataque con la intención  de exterminio a todas las expresiones autónomas e independientes en la sociedad: organizaciones de la sociedad civil, medios de comunicación independientes, universidades, agrupaciones culturales y deportivas, organizaciones empresariales y enemigos del Estado.

Mantiene el sistema de elecciones y referéndums, aunque con nuevas reglas diseñadas para perpetuarse en el poder. También sirve para cambiar las constituciones de sus respectivos países. El populismo prefiere gobernar por decreto pero, por mientras, acepta una democracia acotada y sin contrapesos.

Pero también mantienen el régimen electoral por otra razón. Un punto central de la vulnerabilidad de los regímenes populistas reside en su modelo económico. Todos los países con gobiernos populistas son capitalistas.

Unos se guían por las reglas de la Unión Europa, aprovechando recursos y servicios sociales para fines internos de corporativización de las masas, mientras otros aprovechan sus recursos naturales y el narcotráfico para financiar programas sociales destinados a proporcionar control político. EU es una potencia económica propia y México tiene una economía subsumida en la estadounidense.

Su proyecto político de hegemonía interna absolutista entra en contradicción con el hecho de estar subordinado a reglas del capital internacional. El gran contrapeso de facto al modelo populista son los dictados del mercado global: orden en la macroeconomía, pulcritud en el manejo presupuestal, apego al derecho en la resolución de controversias y prácticas democráticas internas. Es por este último requisito que mantienen sus procesos electorales. En el caso mexicano, la intención de reactivar la empresa petrolera busca alejar al país de la subordinación al capital internacional. México adquirió cierta solvencia económica cuando Cárdenas expropió la industria petrolera, y el Estado mexicano empezó a crear instituciones como el Seguro Social, con fondos petroleros.

Repetir la hazaña cardenista parece ser el sueño del nuevo gobierno. Pero hoy existen otros factores: la economía mundial se ha revolucionado, la industria petrolera ya no es lo que era y la fuerza económica de México se debe a sus exportaciones de productos industriales y agrícolas, turismo y remesas, además del petróleo. Y existe la sombra del narcotráfico. La primera gran fisura del modelo político corporativo, antiliberal y antiplural del gobierno mexicano es la economía. Es liberal, integracionista y global por estructura, cortesía del T-MEC, lo que pone al descubierto límites e inconsistencias del proyecto populista en México.

 

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