Juan Manuel Herrero: Las evaluaciones de las encuestas en las elecciones 2018

En 2018, todas las casas encuestadoras que levantan información en viviendas y con un diseño muestral científico, dieron la tendencia de quién sería el ganador de una manera clara y contundente

Juan Manuel Herrero: Las evaluaciones de las  encuestas en las elecciones 2018

Las encuestas son un instrumento valioso ante un proceso electoral. Son contratadas por los partidos políticos para darse cuenta de cómo evolucionan las campañas y también son importantes para ir fijando y modificando estrategias en el tiempo.

Asimismo, al ser de interés público, suelen tener patrocinios de medios de comunicación o de organismos de la sociedad civil, así como de organizaciones internacionales vinculadas al tema de la democracia.

No es fácil explicar al gran público en qué se basan; cómo se diseñan y por qué es fundamental que la muestra que se diseña y selecciona provenga de un marco confiable, universal y actualizado, como es el caso del listado nominal de electores.

Tampoco es fácil convencer a quienes no son versados en temas estadísticos por qué las encuestas telefónicas o por medios electrónicos no son confiables, precisamente porque parten de un marco incompleto (existen teléfonos fijos en 50% de las viviendas del país y el acceso a internet es apenas superior a 60% y existe un sesgo en cuanto a edades y condición económica de los usuarios de la red).

Por ello, son las encuestas en vivienda las que deben considerarse como posibles vías de información confiable.

A diferencia del año 2000, 2006 y 2012; en este 2018 muchas casas encuestadoras realizaron series de estudios que obtuvieron resultados que permitieron dejar claro al posible ganador desde dos o tres meses previos a la jornada electoral, a pesar de los elementos de incertidumbre que siempre están presentes, ya que solamente muestran comportamientos naturales de la población (indecisión, posible cambio de preferencia, negativa a sufragar, ocultamiento de la preferencia).

Asimismo, las casas encuestadoras suelen explicar de manera reiterada, que las encuestas son una foto del momento en que se levantaron y no una predicción del resultado del 1 de julio.

Dada la prohibición de publicar encuestas cerca del día de la elección, los estudios más cercanos se levantan entre ocho y 10 días previos, lo que, claramente genera que los resultados de esas encuestas no muestren lo que sucederá en esa semana de diferencia.

Es conocido que un porcentaje de la población decide su voto en la casilla misma, el día de la elección (se habla de alrededor de 15%) lo que nuevamente abona a que los resultados mostrados una semana antes no sean lo que más se aproxime a la realidad.

Hasta aquí todos los conceptos mostrados en este texto surgen de los especialistas en estudios demoscópicos.

En 2018, todas las casas encuestadoras que levantan información en viviendas y con un diseño muestral científico, dieron la tendencia de quién sería el ganador de una manera clara y contundente.

Podemos decir que era tal el margen de diferencia con la segunda fuerza que hubiera sido muy difícil equivocarse en el ganador, pero la opinión pública y los mismos contendientes tenían claro quién sería el próximo presidente y esa es la utilidad de estos instrumentos.

Posterior a la jornada electoral, se han presentado algunos análisis que pretenden medir quiénes fueron las encuestadoras más acertadas. No pretendo cuestionar a aquellas que aparecen en los primeros lugares. Todas ellas son casas reconocidas, serias y de larga historia, pero lo que es importante notar es que el método de medición de quién estuvo más acertado no es el más adecuado, o cuando menos presenta sesgos importantes.

Primer problema: evalúan dos momentos distintos en el tiempo; es decir, una encuesta levantada entre una semana y 10 días antes versus lo que sucede el día de la elección (es decir, información del 27 de junio contra la información del 1 de julio). Esto sería tanto como asumir que en ese lapso nada cambió.

Segundo problema: suponer que los que decidieron su voto en la casilla no modificaron su preferencia previa. Si estudios anteriores nos muestran que un porcentaje no despreciable decide su voto en la casilla, suponemos que un porcentaje vota diferente que lo que dijo en una encuesta.

Tercer problema: suponer que no hubo ocultamiento de voto. Siempre está presente en las encuestas un número indeterminado de personas que ocultan su preferencia, alterando la verdadera cifra de intención del voto.

Entonces, quien tuvo menos diferencia contra la votación final no necesariamente fue el más acertado.

En términos de tendencias, esta elección mostró un crecimiento permanente de Andrés Manuel López Obrador. Nunca redujo su volumen de votantes probables, sino que hasta el final de la campaña siguieron aumentando.

Esto generaría un corrimiento de las diferencias de la última encuesta contra el resultado final de la elección. Así, si bien los que aparecen hoy como los más acertados, son muy profesionales y seguirán siendo reconocidos como muy confiables, otros tendrían valores más cercanos al de la elección, o sea más acertados.

Si vemos el Observatorio Electoral del CEDE (Colegio de Especialistas en Demoscopía y Encuestas) hacia el 27 de junio, fecha probable de los últimos levantamientos de encuestas que fueron publicadas en los tiempos legales, la intención promedio de voto a López Obrador sería de alrededor de 49 %, lo que muestra una diferencia de 4% con respecto al resultado final de 53% del 1 de Julio.

O sea que, cuando menos hay un diferencial de 4% sin considerar a los que deciden el mismo día de la elección. Esto generaría el corrimiento descrito líneas arriba, donde los que subestimaron el volumen de voto en favor del candidato Andrés Manuel López Obrador lo habrán hecho en un porcentaje más bajo que lo atribuido en las evaluaciones mencionadas; lo que significa que el error (si así se le quiere ver) es menor al de las evaluaciones.

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